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Republicanismo

La ejemplaridad

Por Santiago Cervera - Domingo, 26 de Febrero de 2017 - Actualizado a las 06:08h

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no cabría en el espacio de este artículo la ristra de irregularidades y discrecionalidades que han abonado, como el fiemo, la victoria judicial del matrimonio Urdangarín Borbón. Por citar sólo dos, convendría recordar que la misma Agencia Estatal Tributaria que no duda en machacar a autónomos y pequeñas empresas con su inflexible exigencia fiscal aceptó en este caso que facturas falsas pudieran desgravarse por el entramado Aizoon - Nóos y así evitar llegar al límite que atribuiría un delito fiscal a la Infanta. Y, segundo ejemplo, que se haya condenado al pagafantas de Jaume Matas y en cambio no se hayan siquiera sentado en el banquillo ni Rita Barberá ni Francisco Camps, cuando hicieron exactamente lo mismo. Los valencianos contaron con la ventaja de ser aforados y el tribunal de su tierra, trufado de intereses políticos, impidió su procesamiento igual que el Supremo evitó el de Barcina y sus compañeros de dietas black aquí en Navarra. Se ha demostrado que no todos somos iguales ante la justicia, que es lo mismo que decir que no existe justicia. Sólo existe lo que los jueces tienen a bien poner en un papel, por más que la toga quiera imponer solemnidad. El daño que esta añagaza judicial ha hecho a la credibilidad de nuestro sistema democrático se verá en los próximos años, por más que los instigadores de la llamada “Operación Cortafuegos” crean que el paisanaje siempre acaba tragando con todo. La segunda cucharada de aceite de ricino ha sido permitir a Urdangarín seguir viviendo en Suiza y no tener que depositar fianza para eludir el presidio. Si la Infanta ha decidido estar en Ginebra no es por razones laborales, sino porque ahí se encuentran más cómodos, le molesta menos la gente y los niños pueden ir a buenos colegios. Su egolatría cuesta a los españoles decenas de miles de euros cada mes, en los sueldos, dietas, hoteles y desplazamientos del servicio de seguridad que al delincuente y a su mujer la instigadora les pagamos todos los contribuyentes. Hay que tragar, que para eso ella nació en un palacio.

La repugnancia que estas cosas producen no debiera evitar el análisis de lo sustancial. Porque a pesar de todo, dos cosas principales han quedado acreditadas. Una, que los Urdangarín Borbón (¡la lista es ella, sin duda!) montaron una trama para estafar específicamente a las administraciones públicas, seguramente a las que vieron que estaban regidas por personajes más paletos. Y dos, que además estructuraron un sistema de defraudación fiscal. Es decir, dos delitos dirigidos directamente contra el contribuyente, contra el españolito que paga sus impuestos. No se trata de un fraude entre particulares, ha sido atacar selectivamente el peculio público. Pero lo que otorga aún mayor gravedad al asunto es que esa intención se gestó y se cultivó en el entorno de la jefatura del Estado, y que sólo se pudo poner en práctica amparados por el oropel de Zarzuela. Hay quienes sostienen que Iñaki y Cristina hicieron lo que veían. Aun a falta de comprobación de este detalle, se pueden extraer conclusiones políticas. La anacrónica monarquía sólo se sostiene si ejerce con ejemplaridad. Acreditado queda que de ella ha surgido una trama para delinquir.

Y de ejemplaridad también deberían hablar un poco en Murcia. Ahí hay un Presidente imputado y un partido que le apoya apelando a la semántica para justificar que siga en su cargo. No han entendido nada. Tal vez crean que eso de exigir comportamientos rectos al gobernante era un furor propio de los peores momentos de la crisis, una reacción coyuntural de los que lo estaban pasando mal frente a los responsables públicos. Y como ahora el país vuelve a crecer y parece que se abre un pequeño claro entre los nubarrones, las exigencias se relajan. Así parece que lo están entendiendo en el Partido Popular, como si la rectitud política dependiera de ser el más hábil en un juego de despistes entre gobernantes y gobernados. Murcia ha dejado de tener un presidente que se ocupe de los asuntos que se debe ocupar, ajetreado como está en preparar su defensa y seguir justificando ante la sociedad lo más injustificable. Eso de que haya que mantener una cierta ejemplaridad -transmitir un compromiso de humildad, disponibilidad, coherencia e integridad- ya no se estila. Nobles y plebeyos, poder mediante, unidos en la misma actitud.