patrimonio industrial de navarra

El Molino de Caparroso

El Molino de Caparroso, situado en el barrio de la Magdalena de Iruñea a orillas del río Arga, podría considerarse como el edificio industrial más antiguo de la ciudad y su entorno cercano. En la actualidad, el conjunto está formado por una parte del primitivo molino medieval, la presa sobre el río, la chimenea de finales del XIX y una moderna estructura metálica voladiza del siglo XXI, dedicándose exclusivamente al ocio y la hostelería.

Un reportaje de Víctor Manuel Egia Astibia / Sociedad de Estudios Iturralde Elkartea - Domingo, 26 de Febrero de 2017 - Actualizado a las 06:09h

El molino de Caparroso, en 1894.

El molino de Caparroso, en 1894. ( J.J. Arazuri)

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El molino de Caparroso, en 1894.

Aunque es un tema algo controvertido, en la catalogación de edificios o lugares industriales patrimoniales, para la mayoría de autores, deben incluirse lo que se conoce como protoindustrias, molinos, ferrerías, caleras, tenerías, es decir, instalaciones cuya actividad es anterior a la revolución industrial de finales del siglo XVIII. El desarrollo de la máquina de vapor para la producción de energía, la mecanización de la actividad artesanal y la aparición del trabajo en cadena, son algunas de las características más importantes del gran cambio que supuso dicha revolución. Como consecuencia de ella, se crearon grandes fábricas o complejos fabriles, capaces de albergar máquinas y gran cantidad mano de obra trabajando para conseguir un importante incremento en la producción. El Molino de Caparroso, situado a orillas del río Arga en el barrio de la Magdalena de Iruñea, cuya actividad como tal durante siglos fue la molienda de grano de forma artesanal, tuvo continuidad a partir de 1848 con una nueva actividad, ahora ya claramente industrial. En ese año, la sociedad promovida por los labortanos Pinaquy y Sarvy alquiló sus instalaciones para poner un horno de fundición de hierro, dedicado específica y casi exclusivamente a la producción de piezas para la maquinaria agrícola. Con estas premisas podría considerarse al molino como el edificio industrial más antiguo de la ciudad. Años después, fue la producción de energía hidroeléctrica la que tomó el relevo en la actividad del molino. Una vez cesada su función industrial, en tiempos recientes, sufrió otra importante transformación para terminar en el sector servicios y dedicar su actividad al ocio y la hostelería.

Hay constancia escrita de la existencia del molino, entonces llamado San Miguel, al menos desde mitades del siglo XI cuando pertenecía a la Orden de San Lázaro. Esta orden religiosa había establecido un hospital para leprosos o leprosería en la zona y se hizo cargo, además, del molino. Dos siglos después, el obispo de Pamplona decretó la unión de la Basílica de la Magdalena, con todas sus pertenencias, incluido el molino, al Hospital de San Miguel, situado en la Nabarreria, al lado de la primitiva catedral. Fue a finales del XV cuando el prior del Cabildo permutó el molino por unas heredades a un rico mercader de Pamplona llamado Pedro de Caparroso, que hizo una importante restauración del mismo e incrementó la actividad molinera incluyendo, además, un batán para paños. Desde entonces, el molino, con diferentes dueños, arrendatarios y distintas actividades, ha conservado su nombre como Molino de Caparroso. Se sabe que a finales del siglo XIX el lugar pertenecía al conde de la Rosa, pero nunca ha quedado aclarado en qué momento pasó la propiedad de los Caparroso a dicho noble o si dicho título tiene relación hereditaria con el primitivo dueño. En la francesada de principios del XIX, cuando Pamplona estuvo tomada por las tropas napoleónicas, el molino adquirió mucho protagonismo, ya que era el lugar a donde los espías locales de intramuros llevaban las informaciones del ejército galo. Con la ciudad totalmente bloqueada, los criados del molino tenían libertad de entrada y salida para llevar la molienda de salvado al ejército ocupante y estos aprovechaban los viajes para sacar la información. La actividad molinera, como decíamos, se mantuvo hasta el año 1848.

Ese año llegó a Iruñea el joven maquinista baionés Salvador Pinaquy Ducasse que, junto con su paisano José Sarvy, alquiló el molino para instalar un horno de fundición con el objeto de fundir allí piezas para aperos de labranza. Rápidamente su catálogo se incrementó con distintas máquinas para labrar y cosechar, logrando un gran prestigio en el naciente mundo de la mecanización de la agricultura. Gracias a su gran iniciativa y trabajo, Pinaquy contribuyó de forma importante, junto con varias empresas que siguieron su ejemplo, a que Navarra fuera uno de los lugares peninsulares más activos en el desarrollo de este sector. Es muy conocido el paso por su fundición de la Magdalena del herrero roncalés Julián Gaiarre que finalmente, abandonó el oficio para convertirse en el prestigioso tenor que fue. Pero quizás, el episodio que más famoso hizo a Salvador Pinaquy fue el que protagonizó durante la tercera carlistada. A mediados de septiembre de 1874 el ejército carlista, que rodeaba y sitiaba la ciudad, había cortado el suministro de agua que desde el manantial de Subiza llegaba a Pamplona. A la ya importante escasez de víveres se sumaba la ausencia de agua potable que rápidamente iba a producir grandes problemas de salubridad. Pinaquy encontró un manantial en la orilla del Arga, junto a su fundición, cavó un pozo y consiguió mediante una turbina dar movimiento a tres bombas capaces de subir el agua, filtrada y purificada en la propia cascajera, hasta el depósito situado junto a la iglesia de San Ignacio y de allí a las fuentes de la ciudad. Los trabajos habían durado apenas un mes y el servicio se restableció a primeros de noviembre. El Ayuntamiento, encantado con el logro del labortano, además de concederle una medalla conmemorativa, le abonó una bonita cantidad de dinero por sus trabajos, lo que hizo que se incrementara fuertemente la capacidad de su negocio y también su patrimonio. Quejoso por la renta que le cobraba el dueño del molino, en 1884 adquirió una vivienda en la calle Mayor (hoy número 14) y en su trasera instaló sus hornos y los talleres de maquinaria. Fallecido sólo seis años después, le sucedió en la empresa su cuñado Martín Sancena Vergara. Martín había venido, desde su Igantzi natal, a trabajar como fundidor y su hermana Antonia terminó casándose con Pinaquy. A partir de la muerte de su fundador Salvador, la titularidad de la fundición pasará a su viuda Antonia Sancena y sus descendientes, permaneciendo activa hasta hace pocos años. De la calle Mayor se trasladó a Arrotxapea y se ha distinguido, especialmente, a lo largo de su historia en la fundición de piezas de mobiliario urbano para el ayuntamiento de Iruñea, fuentes, farolas, barandillas, tapas de alcantarilla etc.

Pero volvamos al Molino de Caparroso. En marzo de 1886 se instaló en el mismo el industrial peraltés Manuel Visiers que acababa de crear la sociedad La Alianza con el objeto, también, de producir y arreglar maquinaria agrícola, en este caso sobre todo enfocada a la viticultura. Las relaciones del señor Visiers con el consistorio pamplonés fueron siempre tensas, primero porque tenía que hacerse cargo del mantenimiento de las bombas para subir el agua que había montado Pinaquy, segundo porque solicitó ser el suministrador de electricidad para el alumbrado público y no lo consiguió y finalmente por un gran contencioso que mantuvo por el suministro de lámparas para el alumbrado público, que normalmente se traían de Alemania. Finalmente, Visiers abandonó el molino en 1892 y dejó la actividad industrial para marcharse a Madrid a ocupar un puesto oficial en la Universidad, falleciendo repentinamente pocos años después. Es en estos años, cuando la producción de energía eléctrica va a pasar a ser la protagonista en la actividad del molino.

En 1892 es la empresa La Electricista la que aprovecha el Molino de Caparroso para instalar allí una central eléctrica. La Electricista, fundada en 1889 por el industrial Felipe Ortigosa Uriarte, fue realmente la empresa pionera en la producción de energía eléctrica en Nafarroa. Para conseguir más capacidad de producción, a la turbina movida por el agua del río le añadió una gran caldera de vapor y para la salida del humo producido se construyó ese año la chimenea de ladrillo que, hoy día tiene tanto protagonismo en el lugar como el propio molino. Tres años después, en 1895, las bombas de agua de Pinaquy dejaron de funcionar al inaugurarse la traída de aguas de Arteta y el dueño del molino, el conde de la Rosa, montó en un solar aledaño un gran barracón para utilizarlo como lavadero público y así dar cobijo a las sufridas lavanderas de la orilla del río. Pero la empresa de Ortigosa, que estaba compitiendo por la electrificación de la capital con otras dos empresas, la sociedad de Aguas de Arteta y la Electra Pamplona de los sucesores de Pinaquy, pronto entró en crisis, con importantes dificultades económicas. En 1904 no tuvo más remedio que aceptar la oferta de compra de todas sus instalaciones por otra empresa eléctrica, la recién creada Electra Aoiz de Domingo Elizondo y Serapio Huici, empresa que poco después se convertiría en El Irati S.A. Fue precisamente esta empresa, la que en 1909 construyó un hermoso edificio aledaño al propio molino, muestra de la arquitectura industrial de la época y con bonitos elementos decorativos especialmente en su interior. El edificio tenía una doble función, receptora y distribuidora de electricidad. Allí recibía la producida en sus centrales del Irati, Artozki, Agoitz o Usotz, que luego, junto con la producida en el propio molino, iba a ser distribuida por la ciudad. Muchos años después, en los cuarenta, construyó una central térmica en las cercanías, con objeto de incrementar su producción. Cuando en 1961 El Irati S.A. fue absorbido por FENSA, filial de Iberduero, todas sus instalaciones entraron en desuso y se abandonaron. La central térmica se derribó en 2013 quedando solo en pie la vivienda de su encargado, hoy de propiedad municipal y que en los últimos años ha tenido variados y, para algunos, controvertidos usos.

A finales de los setenta, y a la vista del importante y progresivo deterioro del antiguo molino y sus anexos, ya se aconsejaba desde instancias oficiales su restauración aunque, se ponía en entredicho que fuera conveniente la conservación del edificio industrial aledaño construido en 1909. Sin embargo, cuando un club deportivo cercano solicitó al ayuntamiento permiso para utilizar las instalaciones se le contestó que debían respetar el molino, la nave industrial y la chimenea como un todo arquitectónico. FENSA propietaria de las instalaciones, las mantuvo abiertas a expensas de que cualquiera pudiera entrar, buscando refugio para afrontar las inclemencias del tiempo. Y como en tantas otras ocasiones, finalmente en enero de 1987 el edificio sufrió un incendio, con serias dudas sobre si fue fortuito o provocado, quedando en estado de ruina. Ese mismo año la Mancomunidad de la Comarca de Pamplona compró todas las ruinas con objeto de su restauración y creación de un Centro de Interpretación del Agua. Poco después, se le concedió la licencia de derribo de la nave de El Irati. La Mancomunidad incluyó el lugar dentro del Plan Integral del Parque del Arga y, en 1999 inició labores de limpieza y terminó destruyendo el canal de sillería que daba salida al agua del molino desde el siglo XVI. Tuvo que ser una movilización vecinal la que consiguió que se reconstruyera con la misma piedra en que estaba construido, pues la intención era rehacerlo en hormigón. En marzo del año 2000, se presentó un proyecto de restauración-remodelación de todo el conjunto redactado por el arquitecto Roberto Urtasun con un presupuesto de 87 millones de pesetas cuya adjudicación finalmente quedó desierta. Se encargó entonces la rehabilitación a la Escuela Taller de Construcción de Pamplona, cuyos alumnos comenzaron las obras en agosto de 2001 con algunas modificaciones sobre el proyecto inicial. Finalmente, en 2006 el Ayuntamiento aprobó una modificación del plan parcial para posibilitar una ampliación del inmueble y dedicarlo a club de remo y escuela de piragüismo. Aunque dice que, respetando su catalogación como Bien de Interés Cultural, en el proyecto de los arquitectos Jabat y Bruguera se incluyó una cafetería, colocada en un paralelepípedo metálico de cuarenta metros de largo que, sobresale desde la estructura medieval, para terminar volando sobre las aguas del Arga. Las iniciales reticencias para la conservación del edificio industrial de principios del siglo XX, terminaron con la inclusión en el conjunto de una, en mi opinión, estentórea estructura del siglo XXI y que quizás, otros califiquen como hermosa. Pero la, larga y llena de vicisitudes, historia del Molino de Caparroso, seguro que no ha terminado aún. El paisaje es un concepto dinámico, el entorno del molino ha sido modificado en varias ocasiones por la actuación del hombre y probablemente volverá a hacerlo en tiempos venideros.