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Trump: ¿Fanfarrón Olivares o cruel Richelieu?

Julio Aguilar - Lunes, 27 de Febrero de 2017 - Actualizado a las 13:54h

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Suele ser aventurado e, incluso, pretencioso acudir al pasado con la idea de alumbrar aspectos del presente. Sí, porque cada época tiene su espíritu, su aroma, su mentalidad, que hasta a los más más avezados historiadores les es dificultoso a veces captar. Pueden haber leído muchos papeles, tirar de estadísticas (desde que las hay), pero “penetrar” el ambiente de cada etapa histórica es un asunto más complejo.

Tras esta prevención, y haciendo poco caso de la misma, voy a Trump. Convengamos en que el periodismo, a pesar de la artillería desplegada en su contra por este insólito presidente, está más contento que unas castañuelas. Al fin y al cabo, da un juego que otro mandatario “a la usanza” no podría haber proporcionado. Al hilo: oso traer al Conde-Duque de Olivares y a su acerbo enemigo Richelieu para desentrañar a cuál de los dos me recuerda el impetuoso Donald (atención, que como luego se leerá, nos va mucho según sea, no mi intrascendente respuesta, sino la verdadera índole del personaje). Iré, en parte, de la mano de la sagacidad de Gregorio Marañón. Ignoro cuántos españoles cultos desconocen su célebre libro sobre el valido del rey de la voluntad paralítica (Felipe IV), pero, si aún no lo han leído, les sugiero que están a tiempo.

El examen comparativo que realiza entre Olivares y Richelieu, en el que afloran las cualidades de médico retrospectivo de Marañón es, en lo humano, nítidamente favorable al gordinflón teatral español, a quien considera eso, un gordo superficial y aparatoso en sus pasiones, un fanfarrón, en tanto que su auscultación del francés es muy distinta: “Richelieu era un asténico, agudo y afilado como un cuchillo, frío, solapado y de dureza y crueldad refinadas.” En lo poco que sé, veo en Trump esas aparatosidad, teatralidad y fanfarronería (tres patas de la misma mesa) adjudicadas por el Medicus Hispaniae a Olivares, más que la severidad, la inclemencia de su rival francés. No tengo tan clara la superficialidad, pues en su estilo no barrunto espontaneidad, sino un estudiado análisis que sabe tañer la cuerda más sensible del estadounidense medio. Pero admito que me puedo equivocar, al fin y al cabo el bollo está todavía calentito y mi ignorancia no es pequeña.

Además, el gordinflón teatral que para Marañón no fue el “monstruo de dureza y crueldad pintado por sus contemporáneos y por la posteridad” no disponía, claro, del botoncito nuclear. Y Trump es el presidente del único país que hasta ahora ha desencadenado el horror nuclear sobre decenas de miles de inocentes, desde bebés hasta centenarios. El acto más violento de la historia, aunque no el más mortífero, que sufrió el mismo Japón: Tokio. Creo que los españoles que veneran la democracia británica y estadounidense no saben que esos dos países han quemado vivas más personas en menos de cuatro años que el resto de la humanidad en cuatro millones de años. O quizá lo saben y se lo callan. O lo justifican, por aquello de que la guerra la desencadenaron los malos.

Espero no errar en mi diagnóstico benévolo, deseo que Trump sea el fanfarrón Olivares y no el sádico Richelieu. Nos va en ello no ya una guerra, sino la propia pervivencia del planeta. Todo aquello que se habló tras el 11 de septiembre de 2001 acerca de que había comenzado la III Guerra Mundial me resultó muy equivocado. Erraría quien considerara que este juicio es muestra de soberbia. Es mi punto de vista, y lo he mantenido hasta ahora mismo desde aquel día aciago en artículos que ningún medio me aceptó. Sólo se me permitió publicar “Barbarie, técnica, resentimiento”, escrito el 22 de septiembre del año de Las Torres en un periódico modesto, pero respetable: Diario de Burgos. Tanto este artículo como otros varios remitidos a distintos periódicos por aquellas fechas fueron sistemáticamente rechazados. Como probablemente lo sea éste, y por las mismas “razones” de entonces.

Retomo la cadencia: el terrorismo islámico es tan estridente y cruel como ineficaz para acabar con Occidente. Llevan los musulmanes siglos sin tocar bola, y de ahí su resentimiento. La conjunción de barbarie, técnica y resentimiento puede proporcionarnos algunos sobresaltos, no otra cosa. Además, son unos sustos que luego pagan con creces: una vez cayeron dos Torres; al de poco cayeron dos países (Afganistán e Irak). Últimamente han estado golpeando en Europa; al día siguiente, o al otro, sufren unos bombardeos de pánico sus patronos del EI, allá por Siria e Irak.

Claro que la sumisión del mundo musulmán a Occidente en los últimos siglos no lo explica todo. Los negros no musulmanes, carne de esclavitud tanto tiempo, y cuyos países nunca han pintado nada, o los hindúes sometidos a la férula británica, o los americanos sometidos a España, Portugal y la entonces Inglaterra, no tienen esa mirada torva y menos esa actividad terrorista a escala mayor de los de la yihad (mayor, sí, pero repetiré cuantas veces haga falta que ineficaz. Absoluta y totalmente inoperante). El peligro, si lo hay, está en otra circunstancia, que declino comentar porque a esta morcilla sólo le entra ya esto:

Trump, en una verdadera III Guerra Mundial, podría barrer casi ipso facto todo el inmenso arco musulmán, desde nuestro vecino Marruecos hasta la lejanísima y ayer española Mindanao (Filipinas). Por cierto, esa isla debe ser el único lugar del mundo donde hoy no es pecado pronunciar la palabra moro. Otro tema, ya lo sé, pero concomitante.

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