La cantera de Lantz

Los carnavales del pueblo con más niños y niñas del Estado tienenel futuro asegurado. Tal y como demostraron ayer los más jóvenesdel pueblo con su imitación a pequeña escala del famoso festejo

sara huarte - Lunes, 27 de Febrero de 2017 - Actualizado a las 06:08h

Zaldiko y Ziripot posan junto a dos txatxos momentos antes de salir a las calles de Lantz.

Zaldiko y Ziripot posan junto a dos txatxos momentos antes de salir a las calles de Lantz. (IÑAKI PORTO)

Galería Noticia

Zaldiko y Ziripot posan junto a dos txatxos momentos antes de salir a las calles de Lantz.

Lantz. Ibai Musquiz es un chaval de 16 años que estudia cuarto de la ESO en el Instituto de Berriozar y se está planteando la opción de "estudiar mecánica". A primera vista, un chico normal que cada fin de semana va a su pueblo, Lantz. Sin embargo, Ibai guarda un secreto. Un día al año se transforma en un personaje legendario que una vez, hace mucho tiempo, ayudó a sus vecinos y vecinas a atrapar a un malvado bandido que asolaba el tranquilo pueblo de Lantz. Sin embargo, Ibai no es el único que se transforma, sino que con él también cambian todos los txikis del pueblo, tomando el testigo de una tradición que pasa de padres a hijos.

La metamorfosis de chaval a héroe se produce en el último piso de La Posada, en medio de una atmósfera de misterio y tradición. "Empecé a hacer de Ziripot en 2013 y, aunque el momento de vestirse es algo agobiante, es una forma muy bonita de vivir el carnaval y, sobre todo, las tradiciones de mi pueblo", explica Ibai con orgullo, de pie sobre un montón de helechos secos. Los sacos con los que habrá de vestirse esperan apilados a un lado, justo encima de la piel de jabalí que protegerá la espalda del joven Ziripot de los impactos contra el duro suelo de las calles de Lantz. "Cuando era txiki nunca imaginé que llegaría el día en que yo sería Ziripot. Para mí esto es algo con lo que he crecido", confiesa Ibai, al tiempo que las ágiles manos de Luis e Iñaki meten un puñado de helechos tras otro en los sacos que rodean sus piernas.

A su alrededor, una veintena de txikis observa la escena sin perder detalle. Algunos con el deseo de poder ocupar el lugar de Ibai algún día brillando en la mirada y, otros, hechizados por una escena cargada de magia y simbolismo. "Uno nunca sabe cuando dejará de ser Ziripot. Por ahora soy yo, pero cuando aparezca otro joven que también quiera serlo, le dejaré el puesto. Como hicieron conmigo", apunta Ibai, que poco a poco va completando su metamorfosis de hombre a héroe. Y es que, para los vecinos y vecinas más jóvenes de Lantz el carnaval txiki es la oportunidad perfecta de imitar a sus mayores y sentir en sus propias carnes el peso de la tradición de su pueblo. "Al próximo Ziripot yo le aconsejaría que disfrutara y que aproveche al máximo la oportunidad", apunta Ibai, ya casi convertido en el bonachón héroe.

"¿Bien así?", pregunta Juanma, dando las últimas puntadas al traje ante la atenta mirada de Aimar García, Iker y Oier Ribera, de 11 años.

Los tres están en una esquina, preparados y sin quitar ojo de las expertas manos de Juanma, Luis e Iñaki. "¡Mira! Ahora la piel de jabalí, como en el de los mayores", susurra Aimar, al mismo tiempo que Iker cambia la escoba de mano y Oier se recoloca el sombrero para apartar el pañuelo con el que, dentro de unos minutos, se cubrirá la cara. "Nosotros somos txatxos", anuncian orgullosos e impacientes por salir a las calles del pueblo, escoltando al bueno de Ziripot. "Nosotros le vamos a defender de Zaldiko y le ayudaremos a levantarse cuando lo tire al suelo", explican con gesto solemne. 

Y los tres tienen muy claro que "este carnaval, el de los txikis, es mucho más divertido que el de los mayores. Aquí podemos salir y disfrazarnos", explican. No obstante, y a pesar de la emoción, en los minutos previos a que se abran las puertas de la Posada y una jauría de txatxos se lancen a las calles aullando y gritando, también hay lugar para los nervios. Especialmente si esta es la primera vez. "Para Iker y para mí es la primera vez que nos toca hacer de txatxos, pero Aimar nos ha dado algunos consejos", confiesa Oier. "A mí me explicó un amigo mío que ya había salido antes. Les he dicho que se lo pasen bien y que salgan a disfrutar. Lo importante es participar en el carnaval", apostilla Aimar.

Algunos metros más allá, asomados a una de las pequeñas ventanas de la buhardilla, Amaya Mariñelarena, de 10 años, Ane Erice, de 9, Oier Olagüe, de "10 para 11", e Iker Ziga, de 10, estudian a la multitud que les espera a la salida de La Posada. "Nosotros también somos txatxos y tenemos que proteger a Ziripot del caballo de Miel-Otxin, Zaldiko, que solo quiere tirarle al suelo", explican los txikis, que ya tienen la cara tapada y están preparados para bajar y perpetuar la tradición un año más. "Estamos preparados para que nos hagan trabajar", confirman Oier e Iker con una sonrisa cómplice. 

Y es que, para estos cuatro mini-txatxos, el carnaval txiki también es "mejor" que el de los mayores. "En este podemos disfrazarnos y hacemos más cosas que en el de los grandes, aunque ese también es divertido", señala Amaya, mientras Oier no aparta la vista de Ziripot, al que ya están cubriendo la cara. "A mi de mayor me gustaría ser Ziripot, porque mi padre también lo fue", explica el txiki. "Y a mí Zaldiko, como mi abuelo", completa Iker, que ya va camino de las escaleras para bajar a la calle. "Nosotras queremos disfrutar de la fiesta y nos da más igual de qué disfrazarnos", apunta Ane, que también enfila el camino hacia las escaleras, desde donde suben los agudos gritos que emiten los minitxatxos, los mismos que han visto hacer a sus mayores. 

Por detrás, con paso lento y pesado, apoyado en su bastón, Ziripot sigue sus pasos. Abajo le esperan una multitud de txatxos, ansiosos por que se abran las puertas y poder salir a la carrera, dispuestos a asustar a todo aquel que se cruce en su camino. Por suerte, los minitxatxos no tienen que esperar mucho antes de salir, escoba en mano, a las calles de Lantz. Ziripot los sigue detrás, oculto por un pañuelo blanco. "Para mí el mejor momento es la vuelta, cuando ves a todo el mundo disfrazado por las calles del pueblo", explica Ibai poco antes de salir de La Posada, sabedor de que fuera le espera el temible Zaldiko.