Recursos humanos

Gloria Fuertes

Por Maite Pérez Larumbe - Martes, 28 de Febrero de 2017 - Actualizado a las 06:05h

Estos días la prensa se llena de referencias a Gloria Fuertes. En el centenario de su nacimiento se reivindica su voz de poeta para personas mayores. Hay como una especie de mala conciencia por haberla etiquetado de poeta infantil. Claro, que si fue conocida por el gran público fue por esta dedicación en la que Gloria rimaba al tiempo que se reía de la rima para desbaratar lógicas adultas y dar la vuelta a personajes y argumentos tradicionales.

No era muy diferente esta intención de lo que hizo en su producción calificada como seria. En un marco social y político más bien tirando a negro y tocando todos los palos del dolor, del amor, del país tras la guerra, de las frustraciones de cada día, se reía y desmontaba ladrillo a ladrillo las certezas circundantes: Lo más triste de Dios es que no puede creer en Dios. (…) ¿Qué sería de Dios sin nosotros? Sin sarcasmo, sí con ironía y ternura incluso hacia sí misma.

Quizá por ser mujer, quizá por utilizar un tono coloquial alejado de intelectualismos y grandes artificios estéticos, quizá por la mirada humorística, quizá por tener la prioridad de trabajar para comer (en una oficina donde la tenían por tonta, como dice en uno de sus poemas), no recibió las flores naturales que adornaron a su contemporáneo Pemán, vate más adecuado a los tiempos que corrían, ni fue suficientemente considerada por los sectores resistentes. Caben muchos quizases.

Dicen que a partir de cierta edad somos responsables de nuestra cara. Me quedo con esa correspondencia tranquila entre lo que reflejaba la suya: la boca enorme curvada por el trazo de la sonrisa inteligente, las patas de gallo que la acompañan y el discurso limpio de sus poemas.