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El cerdo de Bilbao

Xabier Iraola Agirrezabala - Miércoles, 1 de Marzo de 2017 - Actualizado a las 12:39h

Visito casi semanalmente a mi familia política por lo que no les resultará difícil comprender que tanto mi coche como yo podríamos hacer este viaje, de Legorreta a Bilbao, casi con los ojos cerrados. Como diría aquel, es el peaje (además del de la autopista) que tengo que abonar por la machada de haber logrado que una bilbaína de pro acepte vivir en un pueblito como el mío.

Pues bien, en uno de estos viajes que aprovechamos para traer cargamento de tuppers y devolver los vacíos, ojiplático me quedé al observar cómo una señora paseaba por la calle con un cerdo vietnamita atado con su correspondiente collar como si fuese un perro y aunque reconozco que, aunque habitualmente suelo despotricar del trato dado a los perros, ya me he habituado a ver los perros con su gabardinita o su abriguito para combatir el frío de la calle (no vaya a ser que se enfríen al salir del confort del termostato en el hogar familiar) pero, mecagüen sos, lo del cerdo alteró todos mis adentros y me puso de tal mala leche que no tengo más remedio que contarlo públicamente para aminorar mi dolor interior.

Soy consciente que la sociedad ha cambiado y en cierto modo, debe cambiar. Ahora bien, creo que esta tendencia de humanizar los animales, tratarlos como si fuesen bebes y de paso, dotarles de derechos, en mi opinión, exclusivos de los humanos, como decía, creo que nos estamos pasando varios pueblos y este trato “in-humano” a los animales es, a mi entender, la base sobre la que se está construyendo el muro de incomprensión que crece imparablemente entre la parte rural y la parte urbana que, sí o sí, conviven en esta sociedad moderna.

Por ello y sin ir a extremo alguno, ahora que desde todas las instancias europeas se ha dado el pistoletazo de salida a la enésima reforma de la PAC (Política Agraria Común europea) abriendo una consulta popular, vía internet, donde participarán tanto los propios agricultores como otros agentes (conservacionistas, industria agroalimentaria, lobbies alimentarios, animalistas, académicos, veterinarios, etc.) y que desembocará en un documento de conclusiones y reflexiones que serán la base sobre la que comenzarán a asentarse los pilares de la PAC post 2020, desde ahora debemos, al menos debiéramos, tener bien clarito que hay algunas cuestiones que se mantendrán, principalmente, por la inercia al cambio pero también debemos asumir que cuestiones tan inherentes como colaterales a la propia actividad agraria como su aportación al cambio climático, paisaje, bienestar animal, etc. son cuestiones que han llegado para quedarse y quizás, para ir creciendo hasta acabar apoderándose de la propia PAC.

Cada vez la inercia tendrá menos espacio y con ello menor justificación actitudes y/o actuaciones como la del propio Ministerio en la última reforma de la PAC cuando en una reunión en la villa del madroño, este mocetón de Legorreta escuchaba a la entonces secretaria de estado y actualmente Ministra, Isabel García Tejerina, que el gobierno central había decidido poner patas arriba el diseño y la configuración de regiones y comarcas para la percepción de las ayudas directas europeas con el objetivo político de que todo continuase igual; es decir, hacer suyo el axioma lampedusiano de “cambiar todo para que nada cambie".

No se extrañen puesto que esta actitud no es exclusiva de la corte madrileña puesto que también es palpable en nuestro entorno más cercano, donde muchos ganaderos, algunos de ellos sólo nominalmente, se aferran a los beneficios que les reportan –principalmente, el cobro de las ayudas directas contempladas en la PAC- su vinculación a los montes comunales que existen a lo largo y ancho de la geografía vasca y aunque muchos de ellos se permitan, incluso, el lujo de no utilizar dichos pastos comunales pero eso sí, impiden la entrada y uso de dichos pastos a la gente joven que necesita de dichos pastos para dar viabilidad a su incipiente explotación.

Estos ganaderos se aferran a la historia, a la tradición y a cuestiones organizativas de lo más variopinto y están, aunque yo no lo comparta, en su derecho; ahora bien, lo que no es de recibo es que ante esta actuación, las administraciones propietarias, principalmente administración local, adopte una actitud pasiva, mire para otro lado, se ponga de perfil y con su pasotismo impida la entrada de jóvenes en estos pastos necesitados de savia nueva. ¡Es hora de mojarse!

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