Cohesión frente a polarización en Navarra

Por Xabier Lasa - Miércoles, 1 de Marzo de 2017 - Actualizado a las 06:06h

uno de los principios fundamentales de la propuesta de reforma local de Navarra es el de cohesión territorial. No es una ocurrencia, se trata de un pilar básico de las políticas de la Unión Europea señalado entre sus prioridades de actuación en el horizonte 2020 (cf. “Territorial Agenda of the European Union”). Su desarrollo tendrá que dar respuesta a cuestiones fundamentales como son: qué entendemos por cohesión territorialy cómo se concreta su aplicación en la organización local de Navarra. Responder a estas preguntas es labor del proceso de participación que estamos realizando y que deviene en interesantes debates como el de la comarcalización del territorio. Podríamos definir cohesión territorial como la aplicación de la cohesión social al territorio. Si cohesión social es el conjunto de actuaciones para la búsqueda de una sociedad de integración en la que todas las personas comparten unos servicios públicos suficientes para su desarrollo personal y comunitario, cohesión territorialconsistirá en llevar esos conceptos a la variable del espacio, es decir, que habitar en una u otra localidad no conlleve una peor integración en la región o que las personas de una zona no se vean obligadas a abandonarla para poder obtener un nivel de servicios públicos aceptable. Supone, en definitiva, corregir la actual tendencia a la polarización y la desigualdad entre territorios de Navarra. Para materializar este ideal la administración pública debe dotarse de una estructura, local, que responda a variables territoriales y posibilite esa cohesión. A esta razón responde la propuesta de creación de la Comarca. Se trata de una estructura de gobierno local en una escala intermedia entre lo municipal y lo foral, dotada de estabilidad territorial, es decir, compuesta siempre por los mismos ayuntamientos, con la obligación de ofrecer unos servicios básicos para todas las zonas de Navarra de forma ecuánime. Con capacidad, además, de ayudar a los ayuntamientos en aquellos servicios o competencias que decidan delegarle libremente para llevarlos a cabo de forma más eficaz. La comarca goza, por tanto, de los medios para convertirse en un instrumento que favorecería la coordinación administrativa, la cooperación y la solidaridad entre municipios. Asimismo, la reforma local tiene que producir resultados también en términos de simplicidad y coherencia en el número de las entidades que administran los servicios públicos. En Navarra ya hay otras entidades de carácter supramunicipal fundadas a lo largo de muchos años y con cierto arraigo como son las mancomunidades y las agrupaciones de servicios administrativos. Excesivas en número y con funcionamiento desigual. Hay dos diferencias fundamentales entre las figuras de mancomunidad y comarca: una radica en que las mancomunidades no fueron pensadas con criterio de equilibrio territorial, sino con la simple y legítima motivación de mejorar la eficacia en unos servicios que algunos ayuntamientos ofrecían peor de forma individual. Su propia lógica les obliga a ser abundantes y a que muchos municipios pertenezcan a tres o cuatro mancomunidades distintas en función del servicio que prestan y con un marco de actuación diferente. Podríamos decir que su razón de ser es exclusivamente funcional: dar un buen servicio en un sector concreto, por lo que cohesión y equilibrio territorial son conceptos que se les escapan. Simplemente no les importa porque no fueron concebidas para ello. La segunda diferencia es la imposibilidad de que las mancomunidades reciban competencias del Gobierno de Navarra. La reforma pretende reforzar el poder local con el ejercicio, por parte de la comarca, de competencias que ahora se ejercen centralizadas desde Pamplona. No es concebible que este traslado de responsabilidades se dirija a unas entidades que no abarcan todo el territorio y que no gozan de composición estable. Cuando la reforma plantea la integración de las actuales mancomunidades en las comarcas no está valorando si su funcionamiento hasta ahora ha sido bueno o malo, está planteando la sustitución de un marco institucional basado en criterios exclusivamente funcionales (de servicios) por otro basado en criterios territoriales además de funcionales, que es lo que pretende ser la comarca. Se trata de abrir un nuevo abanico de posibilidades con intención de acercarnos al objetivo de mayor cohesión territorial y romper la tendencia de polarización y desequilibrio entre las zonas de Navarra. Evitar tanto el despoblamiento como la excesiva concentración poblacional y superar las diferencias entre la zona rural y la zona urbana. Nuevas estructuras para nuevos tiempos y nuevos retos. En el proceso participativo de la reforma local ha llegado el momento de tomar decisiones. Por eso, es necesario entrar al debate con limpieza, sin agitar fantasmas inexistentes, ni recurrir al populismo fácil, que no pocas veces sirve para ocultar posibles privilegios o desigualdades. Cuando apostemos por uno u otro modelo es necesario encauzar el debate por la senda de la razón, pensando en Navarra y sus ayuntamientos de forma global, por encima de los intereses particulares. Que esto es cosa común y cosa seria.

El autor es director general de Administración Local del Gobierno de Navarra