La memoria de Olza, negro sobre blanco

El libro ‘Oltza 1936’ documenta 112 víctimas asesinadas o represaliadas en la Cendea, colofón al trabajo por la recuperación de la memoria histórica

Mikel Bernués | Oskar Montero - Jueves, 2 de Marzo de 2017 - Actualizado a las 06:07h

Joaquín Iraizoz y Jesús Aldaba, con dos ejemplares de ‘Oltza 1936. Víctimas de la represión en la Zendea’, en la presentación en el Kulturagune de Ororbia.

Joaquín Iraizoz y Jesús Aldaba, con dos ejemplares de ‘Oltza 1936. Víctimas de la represión en la Zendea’, en la presentación en el Kulturagune de Ororbia. (OSKAR MONTERO)

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Joaquín Iraizoz y Jesús Aldaba, con dos ejemplares de ‘Oltza 1936. Víctimas de la represión en la Zendea’, en la presentación en el Kulturagune de Ororbia.

ororbia- “De crío, desde la ventana de mi cuarto, prácticamente veía las tres cruces de la fosa de Ibero. Ya entonces se contaban historias de esa fosa, y por extensión de otras zonas. Historias de represión, asesinatos y matones. Pero no pensaba de ninguna manera que hubiera tanta gente vinculada con la Cendea”, cuenta Jesús Aldaba, redactor del libro Oltza 1936. Víctimas de la represión en la Zendea.

En él se documentan de forma exhaustiva 112 víctimas asesinadas (73) o represaliadas (39) en Olza. Algunas llegaron de fuera, caso de los 20 asesinados de Larraga, que trajeron en dos tandas e iban “enfilados hacia la iglesia como corderos al matadero” según recuerda un testigo que entonces solo era un crío que ejercía de monaguillo.

Casi la mitad de las víctimas están vinculadas con la Cendea, 10 asesinados y 39 represaliados “entre los que fueron detenidos y mantenidos presos, los depurados y expulsados de su trabajo, por ejemplo dos maestros o el guarda de la Cendea, o los exiliados que tuvieron que escaparse, algunos de los cuales terminaron en campos de concentración”, explica Aldaba. Y advierte que la cifra total aumenta conforme se conocen nuevos testimonios y se escudriña en distintos archivos. De hecho, al poco de la publicación del libro, presentado el mes pasado, ya habían surgido nuevos nombres que añadir a la estadística.

Oltza 1936, editado por Altaffaylla, supone el colofón al trabajo que la Asociación local Zurbau Oroimen Taldea (el nombre hace referencia al término en el que se encuentra la fosa de Ibero) y otros colectivos vienen realizando por la Memoria Histórica en la zona. Una labor para rescatar testimonios y hechos que ahora permanecen negro sobre blanco para que no vuelen ni se pierdan con el tiempo.

“Hace dos años comenzamos con la exhumación en Ibero. El año pasado configuramos el parque de la memoria y se colocó el monolito. Y ahora queríamos sacar una publicación y que la gente conociese qué es realmente lo que sucedió, al menos hasta donde podíamos llegar nosotros. Ese era el objetivo por parte de los colectivos. El libro también ha contado con la colaboración del Ayuntamiento de la Cendea y del Gobierno de Navarra”, explica Joaquín Iraizoz, el otro firmante de la obra, quien destaca que ha sido un “trabajo colectivo” especialmente a la hora de recopilar material. “Hemos contado con el responsable del fondo documental de la memoria histórica de la UPNA, y sobre todo con muchos testimonios de familiares y de personas de la Cendea y los pueblos de donde eran originarios las personas que trajeron aquí a asesinar”.

Joaquín, haciendo referencia al prólogo del historiador Emilio Majuelo (director del equipo de ese fondo documental de la UPNA), señala la importancia de este trabajo porque “hay muchos libros de historia general de lo que sucedió, pero este ayuda a comprender qué sucedió y de qué manera se aplicaron a nivel local las órdenes que llegaban desde arriba”, detalla.

un año de trabajoCuenta Jesús Aldaba, natural de Izcue, que desde su jubilación anda metido “como hobby y afición en historia local, algo de genealogía, historia de las casas de nuestros pueblos de la Cendea... Quizás por esa razón contactaron conmigo para este proyecto”. De eso hace más o menos un año.

“En un primer momento yo creía que en tres meses, ordenando un poco y dándole una estructura al trabajo, se acabaría. Pero la gente empezó a recoger nueva documentación tanto oral como escrita, y sobre todo hubo una avalancha de documentos de diferentes archivos, fundamentalmente del Archivo General de Navarra, cuyos fondos se han ido enriqueciendo estos años con asuntos de la guerra”, esgrime.

Además de los cuatro o cinco fondos diferentes del Archivo General de Navarra y el “material de partida enorme” de la UPNA, que revisaron ficha por ficha para encontrar los vínculos con la Cendea y alguna de sus nueve fosas, “los archivos han sido variadísimos”. Los militares de Guadalajara y de los tribunales militares de Barcelona y Ferroz, el archivo municipal de Olza “muy interesante para ver el ambiente en el pueblo en aquellos momentos”, el Archivo Municipal de Iruña, el archivo general de la administración de Alcalá de Henares, “riquísimo aunque funciona a pedales”, el centro de la Memoria Histórica de Salamanca, “el referente para las víctimas de la guerra”, el archivo histórico nacional, archivos parroquiales o los de los diarios que circularon durante todo el siglo XX.

Un enorme trabajo de documentación que corrobora la versión aportada por los testimonios orales “con una certeza impresionante, casi del 100%, porque en la memoria de esta gente se conserva el relato de forma fiel” y en el que, no obstante, Aldaba echa en falta datos. “El archivo de la junta carlista es muy pobre, está escondido o quemado. El de falange no existe o a saber dónde está, etc... A esto hay que sumar los archivos que todavía están bajo siete llaves, de una gran importancia. Lo peor es que cargos electos democráticamente mantengan bajo llave esos archivos públicos”. Aldaba recuerda que cada día que pasa se pierden “testimonios valiosísimos” que todavía quedan en muchos hogares. Y apuesta por sacarlos a la luz “en aras de la transparencia, la reparación, y en la lucha contra el olvido impuesto”, concluye.