Montes, Mares, Pueblos y Gentes

El Monte Perdido (3.355 metros)

por Juan L. Erce eguaras - Sábado, 4 de Marzo de 2017 - Actualizado a las 06:09h

Lo subí desde el parking de Ordesa, en la primera quincena de un octubre. Salí todavía de noche, alumbrado con la linterna y con el brillante Júpiter sobre mi cabeza, hacia el Este. Hacía algo de frío a esas horas de la madrugada. La vegetación en pleno otoño es una fiesta de colores, variados, intensos. Toda la gama de verdes, ocres, amarillos, e incluso rojos, es alucinante;en medio de ese valle encajonado, majestuoso, con altas paredes en forma de terrazas, fajas dicen allí.

El río es digno de contemplación, con sus numerosas cascadas de aguas puras y sonoras que conforman las Gradas de Soaso y la Cola de Caballo. En esta última cota, a unos mil ochocientos metros, se llega al paso de las clavijas. En realidad, ahora hay una cadena fija que ayuda a superar el salto vertical de unos quince o veinte metros. No es difícil. Un poco más arriba se encuentra uno con el refugio de Góriz. Desde allá, y aún un poco antes, se pueden ver ya las cimas del Monte Perdido, del Cilindro de Marboré y la Soum de Ramón: las Tres Sorores. Eran casi las diez de la mañana y tomé un café en el albergue. Después se prosigue por un camino bien marcado en dirección norte y en poco más de una hora y media, entre espectaculares paredes retorcidas, se alcanza el Lago Helado, justo en el collado que separa al Perdido del Cilindro. Este pequeño ibón, situado cerca de los tres mil metros de altitud, da origen por el lado francés a la cascada del Circo de Gabarnie, la más alta de Europa, ya que alcanza los casi quinientos metros de caída absoluta y más de setecientos de desarrollo vertical en varios saltos.

Quizá sea uno de los lugares más fascinantes de todos los que he visitado en los montes

A partir de este momento, y un poco temeroso, continué por la cara oeste hasta calzarme los crampones al entrar en el paso de la Escupidera, llamado así porque esta rampa bastante inclinada, aunque no presenta gran dificultad, ostenta el récord de accidentes en todo el Pirineo. Un paso en falso, un resbalón, puede lanzarte hacia la parte sur, siendo casi imposible detener la caída: te escupe hacia el abismo, habiéndose cobrado así no pocas vidas humanas.

Una vez superado este obstáculo fácil pero que requiere de gran atención, se alcanza la ante cima y, desde allí, por una pequeña loma helada, llegué al punto culminante. Quizá sea uno de los lugares más fascinantes de todos los que he visitado en los montes: ¡entonces sí que me sentía en el cielo! Estuve un rato en la cima, el Sol brillaba y la felicidad que experimenté era sencilla y completa.

Al bajar me encontré en el paso famoso con dos valencianos. Charlé un poco con ellos. Uno subía sin crampones, algo que es del todo desaconsejable, sobre todo con nieve dura;aunque lo de andar en solitario, como a mí me gusta hacerlo en bastantes ocasiones, tampoco es muy ortodoxo que se diga. Sermones aparte, ese día vi también algún grupo de sarrios correteando. Otra vez en el Lago Helado, las nubes comenzaron a cubrir las altas montañas y al rato ya no se veían.

El descenso es muy sugerente, pero se hace largo. Es una montaña que si se culmina en una jornada requiere mucha aproximación y al final del día acabas casi reventado. Aun y todo, antes del atardecer llegaba al punto de salida. Esta aventura significó mucho para mí, sobre todo tras la frustración sentida poco antes cuando lo había intentado por el lado del Balcón de Pineta sin conseguirlo. Pasé la noche previa al raso, vivaqueando, azotado por el viento fuerte que se llevó para siempre mi cubierta impermeable;y con lluvia y tormenta eléctrica poco intensas, por fortuna. Debo puntualizar que después ascendí por el mismo lugar con mi hermano Carlos. Entonces dormimos en la tienda de campaña, junto al Lago de Marboré, muy cómodos y arropados. Trepamos con la luz del día varios obstáculos, cruzamos varios neveros, con la vista del glaciar colgante, y alcanzamos la cumbre. Después descendimos los pequeños saltos rapelando: ¡muy emocionante! La satisfacción que se siente en la montaña no sólo es cosa de unos momentos, sino que te la llevas a casa, muy dentro de ti, duradera, silenciosa…