La semana

Las banderas de nuestros políticos

por f. pérez-nievas - Sábado, 4 de Marzo de 2017 - Actualizado a las 06:09h

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que la política (lo que entendemos por política porque en realidad todo lo que nos rodea es política) no es sino un juego de tira y afloja. Una especie de lucha libre donde un oponente trata de agarrar por la malla al oponente hasta que le pone la espalda contra la lona y el contrincante se declara derrotado. Uno trata de buscar el punto flaco del otro rodeándole y cuando lo descubre se empeña en atacar por ese flanco, erre que erre. Así han trabajado durante años los partidos. Lo hicieron los partidos de izquierdas cuando gobernaba UPN (ya fuera con Sanz o con Barcina) y así lo están haciendo ahora UPN y PSN con el cuatripartito. Esa estrategia se ha trasladado igual al Ayuntamiento de Tudela. Los regionalistas han visto que mordiendo en el tema procesiones encuentran rédito, no sólo entre sus simpatizantes (bastante desmotivados y desmovilizados hoy en día), sino también entre los que se encuentran entre Pinto y Valdemoro y creen que todo se ha de seguir haciendo “como toda la vida de Dios”. Si encima se suben al tejado vestidos de rey de Invernalia y agitan la bandera de Navarra frente a las hordas separatistas pues ya la carambola es total. Ante el miedo al que piensa distinto o es diferente hay que agarrarse a los símbolos: las tradiciones, la religión y la bandera. Es el abc de la política. Pero, centrándonos en la religión, no deja de sorprenderme el efecto botafumeiro. La máxima autoridad de un partido vota en el Parlamento en contra de que el Ángel de Aralar entre en esa sede (símbolo del poder del pueblo) porque “ya es hora de avanzar en la laicidad de las instituciones”. Así se pronunció María Chivite (PSN) pero ese mismo día, Gimeno (PSN), abanderó esa misma laicidad para decir que había que ir a la procesión del día del Ángel o de Santa Ana porque “trasciende lo religioso”. ¿Y el Ángel de Aralar para muchos no lo trasciende también? De verdad que no lo entiendo. Esa sensación siempre de querer estar en misa y repicando (nunca mejor dicho). Es hora ya de que la religión se aparte a un lado y deje tranquilo al poder popular (que eso son los concejales). Una cosa es que sea mayoritaria y otra que siga disfrutando los privilegios que tiene en la actualidad. Porque para sorprendente la afirmación de Suárez (PPN) de que “en nuestro país la separación de lo civil y de lo religioso es un hecho del que nadie duda”. No sé si esa afirmación es para echarse a reír o a llorar.