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Republicanismo

La lección del Mobile

Por Santiago Cervera - Domingo, 5 de Marzo de 2017 - Actualizado a las 06:10h

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El congreso de móviles que se celebra en Barcelona (Mobile World Congress, MWC) deja en la ciudad unos 400 millones de euros. Los hoteles facturan el 15% de su total anual. Los taxis trabajan todas las horas que quieren a lo largo de una semana. Es imposible encontrar un restaurante para cenar. Pequeñas empresas de todo tipo encuentran negocio y emplean gente para suplir las necesidades de una organización que es, dicho sea de paso, excelente. A lo largo del año queda un poso activo en forma de iniciativas tecnológicas, educativas y empresariales. Cualquier ciudad quisiera tener un evento de estas características, y ninguna ciudad podría hacerlo tan bien como lo hace Barcelona. Lo que no es tan aparente es el hecho de que si el MWC se celebra ahí es, entre otras razones, porque el Gobierno de España le ha concedido un esquema de incentivos fiscales que hace que sea un área casi libre de tributación. El Consejo de Ministros ha renovado en varias ocasiones una tabla de beneficios y sin ella las empresas expositoras dejarían de considerar interesante su presencia. En definitiva, es el ejemplo de una actividad que genera riqueza, inmejorablemente localizada en Cataluña, y que es posible porque cuenta con una determinante colaboración del gobierno español.

Muchos nos preguntamos cómo Cataluña ha llegado al punto político actual, lo del procés. Que la aspiración a la independencia no es una anécdota sociológica parece evidente, la apoya una parte muy considerable de la población. Que es algo alentado por una élite política corrupta, la que ha emanado del pujolismo, tampoco es discutible. Y que el fervor ha eclosionado coincidiendo con la crisis económica, menos. De manera que lo que pasa en Cataluña tiene una parte racional -el agotamiento de un modelo de autogobierno que siempre ha estado supeditado a un modelo de financiación de los servicios públicos cuyas carencias e inequidades son notables-, y otra parte irracional, ese sentimentalismo de barretina y butifarra poco compatible con un mundo abierto. Realizar un referéndum decidido unilateralmente por el Govern es una quimera, un imposible, porque lo que da solvencia a una consulta pública no es que haya urnas, al fin y al cabo unos meros receptáculos, sino que lo que en ellas se exprese tenga algún tipo de significación jurídica válida, cosa hoy día imposible. Además, lo que nunca ocurrió en la historia es que un proceso de independencia -que es esencialmente un proceso de autoafirmación- esté conducido por una banda cleptocrática, una generación política tiznada de cohechos hasta su médula. Se alargarán las declaraciones, eso que algunos llaman el desafío, pero poco más puede pasar. Cataluña no va camino de su independencia ni de ninguna desconexión, si acaso rumbo a unas nuevas elecciones en las que todo lo que se decide es el nombre de unos cuantos parlamentarios autonómicos, que tampoco es poca cosa.

¿Y después? Lo que cabe preguntarse es si en medio de tanta exacerbación no cabe una vía de conciliación que traiga de la mano un marco de progreso político, económico e institucional en el que Cataluña se identifique y se esfuerce, mucho más allá de aspiraciones decimonónicas. El ejemplo del Mobile es algo que merece ser valorado. Los catalanes son capaces de gestar iniciativas muy avanzadas en materia tecnológica, científica e industrial, y su habilidad para situarse como referencia mundial es notable. Igual que acogen el MWC, tradicionalmente han sido capaces de tejer redes de innovación -por ejemplo, la que ha dado lugar a una industria farmacéutica y química muy relevante-, o de destacar en aspectos como el diseño gráfico y audiovisual o ciertas actividades comerciales. El actual problema catalán no se va a resolver con mayores transferencias de recursos desde el Estado, que ya están agotados, sino si acaso mediante un paradigma nuevo en el que Cataluña encuentre capacidades de progreso basadas en sus propias fortalezas, y estas sean reconocidas por el resto de España. En alguna ocasión han hablado de que se conformarían con algo parecido a un régimen foral. Pero si hoy hubiera que crear unos nuevos fueros, éstos no serían nada diferente de lo que ya se ha hecho en el Mobile: aprovechar lo endógeno, propiciar su desarrollo, y facilitar que la sociedad se beneficie. Desde luego, nada parecido a la aburrida sarta de deposiciones verbales que ahora se despachan.