El farolito

El aperitivo

Por F.L. Chivite - Miércoles, 8 de Marzo de 2017 - Actualizado a las 06:06h

solo envidio a los músicos. No envidio ni he envidiado nunca a nadie por su dinero o por su éxito, pero a los músicos sí los envidio. Cómo me gustaría saber tocar el piano. O el violín. O por lo menos la flauta (aunque fuera una humilde ocarina). Si supiera tocar la flauta, la tocaría temprano, por las mañanas. Y al atardecer. Me sientan bien los atardeceres: ese momento de semipenumbra en el que todo permanece en suspenso como si fuera la eternidad. Pero aún amo más las mañanas: entre las diez y la hora del aperitivo: ese es el momento cumbre. No hay nada como el aperitivo. Después del aperitivo el día empieza a declinar y todo se corrompe penosa e irremediablemente. Sin embargo durante el aperitivo, en ese momento, en la puerta del bar, antes de comer (si es que luego comes, porque a lo mejor no comes y tampoco pasa nada), pero en ese instante está todo bien. Te has juntado con unos amigos y estás tomando algo y hablando: y eres mejor de lo que eres normalmente. Si supiera tocar la ocarina lo haría por los aperitivos de la vida. Esto no es una columna, claro, sino la purga de mi corazón. Solo quería lanzar un brindis por las horas pasadas en los bares. Y por todos aquellos con los que alguna vez he compartido un aperitivo. Hay quien prefiere los desayunos, puedo llegar a entenderlo. Y otros prefieren las cenas hasta las tantas (para cantar o para lo que sea). Pero yo prefiero el humilde aperitivo. Durante el aperitivo somos mejores personas: ese es el mensaje que ahora traigo. Diría que incluso el mundo entero es mejor durante ese ratito. Ahora no puedo porque aún estoy trabajando, pero en cuanto me jubile pienso tomar el aperitivo a diario. Un día me moriré, claro. Pero el día anterior me habré tomado el aperitivo. No hace falta tener muchos amigos, basta con que sean de los buenos. Y que estén ahí. La vida no sería igual sin aperitivos. Solo quería decir eso.