De frente

Extorsión

Por Félix Monreal - Jueves, 9 de Marzo de 2017 - Actualizado a las 06:06h

Me he llevado un susto de campeonato. Nunca había reparado en ello pero el televisor de la cocina es de la marca Samsung. Como primera medida de precaución, le he dado la vuelta: lo he puesto con la pantalla mirando a la pared. Ese aparato lleva ahí un tiempo y, si es cierto lo que apunta Wikileaks en sus últimos documentos sobre espionaje, ha podido almacenar información sensible: ceno demasiado, como más pan del recomendable, lo rebaño en la salsa, pico algo de queso y me bebo dos coca-colas. Todo antes de ir a dormir. Ahora mismo me corroe un dilema: seguir pasando de dietas o perderme la enésima repetición de La que se avecina. En fin, si quieren saber el desenlace, pregúntenle a la CIA, que lo debe de tener todo grabado.

Hay mil formas de extorsión. Unas hacen mucho ruido y salen estos días en los medios de comunicación y otras son silenciosas, ni se ven. El sentirse vigilado, examinado en cada uno de los movimientos (desde sacar dinero a estacionar el coche), es un signo de estos tiempos en los que la seguridad ha terminado por comerse la intimidad. Quedan pocos actos privados y que no dejen un rastro fácilmente detectable. A veces, nosotros mismos lo ponemos fácil, aportando información personal y familiar en las redes sociales. Para mí que esa era una parte de la estrategia: crear plataformas en las que el individuo se haga visible ante el mundo con sus opiniones y sus imágenes, invitándole a abandonar el anonimato, a mostrarse con el mayor número de detalles. Como vemos cada día, esos hábitos, por ejemplo compartir fotos, acaban derivando en situaciones incómodas y de difícil gestión. En materia de extorsión.

Espiar es una extorsión silenciosa a nuestra privacidad, un acto de ilegalidad solo aceptable si esa actividad persigue un beneficio general. Pero esta es la pescadilla que se muerde la cola: para llegar ahí el rastreo previo apenas discrimina a sospechosos de ciudadanos comunes. Nuestros móviles emiten sonidos extraños en plena conversación, nos hackean los ordenadores y, lo que nos faltaba, resulta que la ventana por la que mirábamos al mundo en realidad nos observaba a nosotros. Esconderse, quitarse de en medio, pasar desapercibido, es ya imposible.