La señora de bata

Jorge Nagore - Sábado, 11 de Marzo de 2017 - Actualizado a las 08:45h

Lógicamente, de pequeño también quería ser esa señora con bata de boatiné asomada a la puerta de una casa de la que colgaban tiras de plástico duro granate en rizo como regalices de fresa de las que se agarraba debajo del umbral y le contaba al periodista que "este ha sido más chiquito que el del 63, que ese sí que fue, ése", mientras una vecina entraba en plano y le replicaba que qué estaba diciendo, que el de esa mañana había sido mucho más mayor y del interior de la casa salía el marido con la boina y cara de tener la misma cara desde que hizo la mili sin más novedad que el palillo que iba intercambiando cada dos o tres días de lado de la boca y tal vez cada semana de ejemplar. Me llamaban la atención las gentes que entrevistaban cada vez que había o un terremoto o unas inundaciones o un incendio o algo, exagerando por la emoción de que les enfocara la televisión porque aquella era la primera vez en su vida que el pueblo iba a salir en la televisión o el barrio o la ciudad y quién sabe si la siguiente no sería en 50 años y en unos minutos o unas horas se iba a ir aquella gente de allá y ya no iba a pasar nada reseñable quién sabe si en varios días, meses o años, más allá de bodas, nacimientos y muertes lo normal. Ahora pasan tantas cosas cada día, cada hora casi, incluso en los pueblos o ciudades que conectados a internet vivimos la realidad exterior como propia porque en cierta forma lo es que cuando se te mueve la existencia como ayer por la mañana y te agarras a la cama y a tu hijo dormido porque crees firmemente que ese golpe y ese ruido es la grúa enorme de la casa en obras de al lado y que al caerse ha partido la tuya por la mitad y que en segundos va a entrar por la ventana un enorme bloque de hormigón piensas por un segundo que igual ya no pasa nunca nada más se acabó y cuando sí pasa y el miedo se va ya eres la señora de bata exagerando y feliz.