A impulsos

Clemente

por Javier Lana - Sábado, 11 de Marzo de 2017 - Actualizado a las 06:06h

Para la primavera vuelve al pueblo. Vuelve con María, la buena María que las gasta a base de bien cuando los críos le tumban los geranios con el balón, en ese peloteo de una plaza que reverbera haciendo aún mas intenso y voluminoso ese grito del gol que rompe y acribilla los oídos.

Cuando entremos por la calleja, que fue en otro tiempo carretera estrecha allá donde su casa, encontraremos una hermosa y amplia plaza donde podremos sentarnos en alguno de sus bancos de madera, que el pasado verano y en auzolán barnizaron sus vecinos. Una plaza que invita al descanso, a la sombra de unos árboles que dejaron de ser chicos hace tiempo y que ya logran abanicar con su sombra los días fuertes de calor.

Una plaza con columpios y resbalidasor y un extraño caballo que le encanta bolindiarse cuando algún niño se aventura a montarse en su grupa.

Una plaza con fuente. Una fuente que hace ya unos años cumplió cien y que ya por esas fechas estivales apenas de su boca de dragón , escancia el agua. Qué distinto hacia el invierno. Qué torrencial. Qué chorro ininterrumpido, escupiendo esa transparencia que llena la poza, y empequeñecido el túnel, por donde circula el agua hasta el abrevadero, se sobra a raudales generando un río que discurre bravío hasta el desagüe que cruza la empedrada calle.

Allá junto a la fuente, que hace una cuadrilla de años tuvo abrevadero aún mas largo, y que en tiempos en los que Clemente fue concejal decidieron hacer mas corto y hoy parte de sus piedras labradas lucen elegantes como peldaños junto a la ermita de Santa Engracia y el monolito que recuerda que hubo una guerra entre carlistas y liberales hacia finales del XIX .

Clemente me saluda como lo hace siempre. Está sentado a la puerta de casa. Trabaja el esparto. Hoy está haciendo una cestilla. Dice que es un regalo para María, para que guarde las pinzas .

“Dónde creéis que vais? Que no acudís a una fiesta;que es la guerra y eso es mala cosa”

Clemente es hacedor de cestas y tallador de piedras. Tiene buena mano esa es la verdad, aunque un poco inconsciente, una vez quiso volver a tallar una piedra vieja que algún artesano en otro tiempo grabó tan finamente que la intemperie desgastó haciendo casi desaparecer los dibujos con los que una vez brilló de gloria. Clemente es así. Voluntad toda, lo que haga falta. Clemente fue barbero, pastor, cartero y no sé qué más cosas. Pero si en algo destaca, es por sentirse contador de vivencias y hasta poeta.

Clemente escribe fino y elegante. Unas E, que al principio del párrafo se comen casi la linea superior. Unas T que se elevan y que crean una impronta, un no sé qué como si estuviéramos navegando entre pergaminos viejos.

Clemente rinde homenaje a los vivos y a los muertos. Si ve una chica guapa, verso al canto. Clemente no escribe a máquina y menos utiliza el ordenador. Buena y elegante caligrafía, así que si te regala algo, será único y original, si bien hace tiempo que Pedrolas le recomendó que hiciera al menos fotocopias.

Clemente se presenta a los concursos de pintura, cartelería de fiestas. Nunca gana pero bueno, mata el gusanillo. Ese orgullo de sentirse algo e importante cuando firma con mucho estilo sus obras maestras.

El abuelo y el padre regentaron largo tiempo la taberna. Clemente cuenta en sus memorias, que ya va para tres cuadernos de los gordos, cómo su padre, iniciada la guerra del 36, los jóvenes de Lacar se agolpaban delante la taberna, emocionados, cantando, vestidos ya para la lucha, les decía “¿Dónde creéis que vais?;que no acudís a ninguna fiesta, que es la guerra, y eso es mala cosa”. Y qué razón tenía. Cuántos volvieron tocados y cuántos no volvieron.

Clemente es un buen contador de historias. Hoy me dice que de joven recorrió con su bandurria los pueblos del Valle de Yerri en fiestas. Y que las mozas no le dejaban volver a casa. Y lo dice elevando la barbilla y hasta emocionándose. Veo sus fotos viejas. Aparece, es verdad, con un buen porte, guapo, con ese atractivo de trovador.

Lleva en sus manos unos papeles. Va para Casa Amancio. El martes murió su mujer y le ha dedicado unos versos. Me lo enseña. Es un largo escrito cargado de emociones. Alrededor ha dibujado un cielo y un sinfín de palomas. Quiere decirle a Amancio, que no esté triste, que su esposa esta viajando hacia un paraíso. Un vuelo hacia ese ancho espacio donde encontrará el descanso eterno.