director de Punto de Vista 2014-2017

“Es el final de un viaje y el comienzo de la libertad”

Con sabor a café para vencer el cansancio y mucha satisfacción por el trabajo realizado en esta edición y durante los cuatro años. Así deja Punto de Vista el cineasta pamplonés.

Una entrevista de Ana Oliveira Lizarribar | Fotografía Iñaki Porto - Lunes, 13 de Marzo de 2017 - Actualizado a las 06:09h

Oskar Alegria, director de Punto de Vista entre 2014 y 2017.

Oskar Alegria, director de Punto de Vista entre 2014 y 2017. (IÑAKI PORTO)

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Oskar Alegria, director de Punto de Vista entre 2014 y 2017.

pamplona- Cerró la edición de este año y, de paso, se despidió del certamen de la mano de Jorge Oteiza, un personaje que ha sobrevolado todo el festival, ¿por qué?

-Era un sueño. Cuando entré como director artístico, ya pensé que quería hacer algo con Oteiza. Ana Herrera me enseñó el libro que hicieron en el seno del festival con varios expertos que hablaban sobre los heterodoxos del cine español. Y, como Punto de Vista te permite ser un amante de los retos, decidí que quería dedicar este ciclo precisamente a gente que no salía en esa lista. A Oteiza. Durante años estuve dando vueltas a cómo hacer algo sobre un cineasta sin cine y este año ha salido.

También le dedican el libro de esta edición.

-Sí, y de ahí surge también el ciclo. Investigando para el libro encontramos un Oteiza escondido. Cada vez es más difícil encontrar una nueva puerta para entrar en Oteiza y ahí estaban sus escritos, además de sus Súper 8 y sus ideas sobre el cine.

El sábado subió al mismo Oteiza al escenario. No sé qué habría pensado él de todo esto.

-Yo creo que Oteiza si hacía arte era para curarse de la muerte, y este festival quizá es un hospital para sanar todo eso. Él solía decir que escribía en un papel y esperaba, esperaba a que entráramos en él. Y que el hombre que huye entra en el cine. En esta edición hemos sido todos hombres fugitivos que entrábamos en ese cine que él nunca hizo, pero dejó apuntado. La sesión del viernes en la que oímos su voz dirigiéndose a nosotros en la oscuridad fue mágica.

Y además vino Víctor Erice.

-Y fue un grandísimo regalo. Todavía no soy consciente de lo que pasó ayer (por el viernes), pero creo que despedirse de la dirección artística presentando un sueño, como es el cine de Oteiza, de la mano de Víctor Erice, que no es muy proclive a apariciones públicas y que estuvo encantado y encantador, es de lo que más me ha hecho sentir que no tocaba el suelo.

En las diversas presentaciones previas a la celebración del festival se han referido siempre a los 8.000 espectadores que sumaron en 2016, la mayor cifra hasta entonces. ¿A falta de disponer de los datos de este año, cómo cree que ha ido el festival de este año?

-En Baluarte no podemos hacer más de 8.000 espectadores. Es el sitio que es, somos el público que somos y hacemos la oferta que hacemos. Y creo que sería una mala señal hacer más público. Además, 8.000 es un número tan bonito;es el número del Himalaya, que invita a alcanzar una cima sin oxígeno. Más arriba de eso solo hay cielo. Sí que podemos sumar con aliados y con cómplices, de ahí esta extensión que hemos hecho este año de La quinta pared, intentando encontrar cosas vecinas fuera. Seguro que Gayarre, Huarte o Civican nos darán algunas cifras extra.

¿Qué es lo que más le ha comentado la gente de esta edición?

-Ya tres personas me han comentado que les parece un festival coherente y compacto, como diciendo que se nota que está redondeado y armado. Y los programadores también lo veíamos. Nuestra Sección Oficial ha sido la más sólida de estos años. También todo lo que la acompañaba. Por ejemplo, me he dado cuenta de que los medios de comunicación ya no iban solo a por una cosa, la Sección Oficial, sino que un día te llamaban por Etiquette, otro por Oteiza, otro por La quinta pared... No sé, estoy sintiendo que es un final bonito.

Antes de que se iniciara el festival casi apelaba a acudir al cine como acto de fe.

-Totalmente. Queríamos seguir jugando con este ritual que creo que, tristemente, tiene los años contados. El cine poco a poco se está convirtiendo en una forma de disfrute individual, solos en casa, en pantallas pequeñas... Y tenemos que ser resistentes ante eso, para que no desaparezca ese ritual de compartir una oscuridad en común y un relato en silencio. Acudir al cine como un acto de fe se convertirá en algo nostálgico casi, pero que merecerá la pena.

Y tanto que sí, de hecho este año ha habido público que ha ido al cine con antifaz.

-(Ríe). Fue un juego que fomentó el debate. La película jamás vista era una película que no veías, solo la oías, te la imaginabas. En la prueba que hicimos con varios colegios, poníamos a media clase con los ojos tapados y a la otra media con los ojos abiertos y luego cambiábamos. Y lo curioso es que después de la sesión les preguntaba qué parte de la película les había gustado más y siempre elegían el trozo que no habían visto. Y vi que esto funcionaba.

Es un poco el anticine, ¿no?

-Sí, pero eso demuestra que no hay que dar todo masticado. Esto es algo muy oteiciano. Oteiza apostaba por un cine del instante, no por un cine cargado de memoria. Un cine que desocupara para que tú como espectador lo puedas ocupar.

En general, ¿qué sabor de boca le ha dejado esta 11ª entrega?

-Mucho sabor a café porque estoy todo el día a cafés para no caerme al suelo y dormirme (ríe). Estoy muy contento, siento que es un final de un viaje que me ha dejado muy satisfecho, pero, a la vez, el comienzo de una libertad.

¿Tuvo presente que esta era su última edición a medida que preparaba la programación? ¿Ha querido dejar su huella, su legado en Punto de Vista?

-Lo que queda de un festival es el libro. Las proyecciones desaparecen, las pintadas de tiza se borran por la lluvia... El año pasado hicimos un libro colectivo que me dejó bastante satisfecho, pero este año ya es una cosa personal mía, un empeño que tenía de descubrir a un Oteiza que nos esperaba escondido en sus notas al margen de sus lecturas. Eso es lo que va a quedar, así que, habiendo puesto eso en el acervo histórico del festival, siento que es como una pequeña muesca con la que me puedo retirar satisfecho.

Creó y dirigió la gala de clausura, escribió el libro, montó el experimento de ‘La película jamás vista’, diseñó los ciclos... ¿No sabe delegar o es que le gusta estar presente en todos y cada uno de los aspectos del certamen?

-Ese es mi error. O mi virtud. A veces creo que es una cosa y otras que es la otra. Es cierto que, al ser un festival en el que solo iba a estar cuatro años, quería aprovecharlo a tope. Además, no sé meterme en una cosa a medio gas. Si algo me apasiona, me meto a fondo. Soy como las mariposas que teníamos en el ciclo Volar, iban hacia la luz aunque sabían que se quemaban. Y a mí me pasa igual. Me gusta hacer cosas que los directores de festivales no suelen hacer. El año pasado, por ejemplo, me fui hasta Gartzain, al pueblo de Baztan, a poner un cartel del festival en la puerta de la iglesia porque había unas imágenes en las que salían tres feligresas de este pueblo. Lo dejé puesto y me volví a Pamplona. Empleé un par de horas en hacer eso, y yo encantado.

¿Le gusta estar en los detalles?

-En los pequeños detalles está todo, suman un conjunto. Y dan cuenta de la salud de un festival. Aquí también ha habido encuentros maravillosos entre gente. No solo trabajamos el cine, trabajamos el festival, por eso hacemos lo de Katakrak después de las proyecciones, por ejemplo. O las comidas, donde de repente una programadora de Bruselas se sienta al lado de un cineasta de Australia y surge un proyecto para el futuro.

Claramente hay un festival que no vemos, esas noches de música y copas, por ejemplo.

-Sí, y mucha gente luego nos escribe por la oportunidad que ha tenido de de tener encuentros con gente interesante. Eso es también lo bueno de este festival, que te permite encontrarte. Hay otros festivales que son muy grandes o tienen demasiadas sedes y, aquí, en una semana el que viene acaba encontrándose con todo el mundo. El cineasta cuando habla de cine o de otros temas fuera de las salas es muy interesante. Ayer, por ejemplo, la gente estuvo hablando sobre un tema que fomentamos y es si Oteiza era un niño o no... Empezamos a hablar de eso en la sesión y luego durante la cena la gente seguía opinando.

¿Lo era?

-Él mismo lo decía. Era un niño muy mayor.