Ironía de ley

Por Ignacio Chacón Carvalhais - Lunes, 13 de Marzo de 2017 - Actualizado a las 06:08h

tras un día que algunos calificamos como duro, y otros apreciaran como sencillo, se me ocurre vaciar el pensamiento en folio. No soy nada más que un joven de 22 años escasos que tras pasar la mañana entera desde las 9 hasta las 2 en los juzgados, con motivo de las prácticas -no retribuidas- que he conseguido encontrar en un humilde despacho de abogados de la pequeña Pamplona, ha acudido a la tarde a la universidad -de 4 a 8- para terminar su formación de máster de acceso a la abogacía (de calidad didáctica me atrevería a decir nula) para que se me permita acceder a la profesión a la que querría dedicarme y por la que estoy invirtiendo prácticamente toda mi vida.

Por si nadie lo imaginaba, las horas que restan en los huecos libres de mi tiempo son para funciones más vitales todavía que la formación;comer y dormir, recortando de ellas cuando llega la hora de estudiar. A pesar del escaso tiempo que me queda, parte del mismo lo dedico diariamente a leer prensa y en horas de comida a escuchar las noticias en televisión.

Recientemente, la actualidad me ha brindado -igual que a mucha otra gente- informaciones que me han llevado a preguntarme qué narices he estado estudiando los últimos años en la universidad. Para quien esté al corriente, hablo de esos empresarios que desfilaron en la pasarela que fue la boda celebrada en El Escorial, de aquellos que fueron acogidos en Zarzuela como un miembro más de la familia o aquellos otros que bajo la insignia de la gaviota o de la flor en mano de obrero dedicaron desinteresadamente su vida a defender los intereses de la ciudadanía y a gestionar la banca pública desde la trasparencia y diligencia de un intachable profesional.

Por supuesto, tan desproporcionada y desinteresada labor a la que estos respetables señores dedicaron su vida conlleva el obligado perdón de condenas, que en las leyes que yo he estudiado al menos no merecen perdón alguno. Perdones que al parecer se conceden a meritorios personajes, cuyas actividades repletas de excusables errores no pueden compararse con las de otros despiadados delincuentes que brindan por unos presos en una comida entre amigos, o de algún joven que pagó una compra de 70 euros con una tarjeta de cuya ilicitud era desconocedor, o un fiscal que intentó imputar al presidente de su provincia por la dudosa legalidad de sus actuaciones.

Por lo visto, para determinadas personas, argumentos como el desconocimiento o el amor sirven de justificación que exige el perdón a todas las prácticas que se han ido llevando a cabo en todo el país desde instituciones tanto públicas como privadas, en perjuicio de la sociedad. En cambio, para otras, parece no existir excusa que sirva, lo que me lleva a concluir que se aplican distintos varas de medir a la hora de decidir sobre el castigo.

A pesar de que carezco de una formación comparable con la de aquellos que dirigen, impulsan y deciden en los procedimientos que juzgan las actuaciones de esos personajes tan dedicados a la sociedad, desde hace ya años que manejo principios legales que se aprenden en el primer año de la formación, que parecen haber quedado en el olvido para estos expertos, supongo que por su carácter tan básico.

Para aquellos que se identifiquen con lo descrito, recordarles que nuestro sistema legal está cimentado sobre principios como la igualdad y la proporcionalidad. Para ellos, expresar la confusión de un joven jurista que se ve conmocionado ante los resultados de las últimas decisiones judiciales que parecen esconder esos principios debajo de la toga a buen recaudo, y aplicar unas reglas del juego que los libros que me enseñaron no recogían.

Para todos ellos un consejo: vuelvan a las aulas de derecho de la universidad y recuerden las reglas más básicas del juego, pues su olvido puede hacer tambalearse al Estado democrático y de derecho que su Constitución instauró.