Recursos humanos

Mal viaje

Por Maite Pérez Larumbe - Martes, 14 de Marzo de 2017 - Actualizado a las 06:07h

amí me gusta dejarme llevar. En el espacio. De A a B, por ejemplo. Y luego, vuelta, de B hasta A. Acomodarme y alternar la progresiva desactivación con la contemplación del paisaje. Da igual si salgo contenta de A o echando pestes, si B es un destino prometedor o un marrón. El trayecto es un paréntesis para la constatación de la existencia y los ocasionales destellos de pura placidez.

¿Qué ocurre si un ser semejante a mí en dignidad y derechos -formulación a la que recurro cada vez con más ahínco, ¿por qué será?- rompe el silencio urgido por una llamada o mantiene una conversación en un tono más alto que el que la mezcla para perderse con el ruido del vehículo y me distrae del delicioso ensimismamiento? Pues servidora lo procesa, lo etiqueta de banda sonora y no pasa nada.

Pero cuando estos seres con los que puedo intercambiar información, órganos y tejidos, tan parecidos somos, sobrepasan en sus emisiones los decibelios y el tiempo que aconseja la convivencia, me irrito. Mucho. El otro día soporté durante casi una hora el relato detallado de la postura ante la adversidad de una compañera de viaje. Casi una confesión de género psicológico. Cuando, harta, volví la cabeza y la miré, calló.

Aquello no me dejó tranquila, creo que actué bien pidiendo silencio pero algo me inquietaba, le seguí dando vueltas y ahora lo veo. El tono era desmedido y lo que se contaba privado. Pero yo hubiera podido soportarlo si, entre autorreferencia y autorreferencia, la ponente hubiera aportado información sobre los hechos glosados. Una sinopsis. Había un par de parientes, una pareja y otros secundarios, pero faltaban datos para armar la historia. Y es que el enajenamiento bien distraído puede ser también delicioso. Qué contradicción.