Al Monumento

Jesús Sarasate Olazarán - Miércoles, 15 de Marzo de 2017 - Actualizado a las 06:08h

Vine al mundo en el viejo caserón de la Maternidad que ocupaba lo que hoy es la calle Aldapa. Siempre he vivido en Pamplona, y como se puede suponer, he conocido las diversas vicisitudes ocurridas en esta ciudad a nivel ciudadano.

En primer lugar debo decir que todo lo ocurrido ha tenido su época. Se derribaron las murallas, el cuartel de la Merced, los cuarteles del ejército, se destruyó un tercio de la Ciudadela, desapareció el Plazaola y el Irati, se inutilizó el frontón Perkain, se derrumbó el Euskal Jai, se rompió la plaza del Castillo y se cambió de ubicación el teatro Gayarre para abrir una gran avenida.

También se realizaron grandes obras, la plaza de Toros, el frontón Labrit, el monumento a los Fueros, el puente de la Taconera, los Maristas, el Gobierno civil, los ambulatorios, el Primer y Segundo Ensanche, etc. Pamplona, como dije al principio, tuvo sus épocas.

Pero una de esas épocas rompió la placidez de esta vieja ciudad. Fue el terror, la represión, los fusilamientos, las desapariciones, los registros, la cárcel, el fuerte de Ezkaba, todo por una sublevación que le llamaron cruzada y con una guerra civil como fondo.

Entonces, a los vencedores de toda esta sinrazón se les ocurrió construir monumentos y símbolos por toda la nación para celebrar su victoria. Esta ciudad no fue menos, la avenida recién abierta se ensombreció por la edificación de un monumento dedicado a no sé qué tipo de muertes y a no sé a qué tipo de héroes. Al edificar ese mamotreto, a su alrededor también apareció una plaza a la que pusieron el nombre de un conde. Todo esto sirvió para que “los caídos” celebraran sus reuniones y sus gritos al sol.

También tuvo sus admiradores y defensores hasta hace bien poco tiempo, encontrándose entre ellos el joterico de Corella y una señora de Burgos.

Pero los ciudadanos no le tienen ningún cariño, porque no lo merece, ya tuvo su época demasiado larga, y sus constructores han ido desapareciendo. Entonces sería bueno que, así como ha ocurrido con el nombre de la plaza, también desapareciera para siempre el monumento entero junto con lo que representó, siendo una etapa negra para Pamplona, pues tiene el estigma de una violencia inútil, además de una ubicación inadecuada.

En teatro Gayarre lo agradecería.