El farolito

Nada

Por F.L. Chivite - Miércoles, 15 de Marzo de 2017 - Actualizado a las 06:07h

aveces, en primavera, dedico un día a no hacer nada. Creo que no hacer nada está infravalorado. Invertir tiempo en no hacer nada puede ser muy beneficioso para la cabeza. Y también la decisión más solidaria que podemos tomar de cuando en cuando: cerrar el pico y parar un poco. En la cultura del máximo rendimiento y el ocio caro, optar por no hacer nada está mal visto. Por eso me parece un acto de audacia: porque resulta rebelde y hasta subversivo. A muchos les aterra porque el no hacer nada conlleva la condición de no estar para nadie. Hay que desadherir la mirada de todas las pantallas: ni redes sociales, ni teléfono, ni Internet ni televisión. Ese radical estar únicamente para uno mismo puede causar vértigo. Me doy cuenta de que la defensa del no hacer nada solo agrada a una minoría, pero qué sería de este mundo cruel sin el encanto de las minorías. La actualidad como producto exige toda nuestra atención: no se contenta con preocuparnos, quiere angustiarnos: quiere tenernos anhelantes: esperando siempre algo: una solución, un alivio, un resultado. Sustraerse a eso no es fácil. Quizá suene raro pero no hacer nada es complicadísimo. Yo había pensado salir a caminar. Hace poco leí un libro tituladoUna historia del caminar. La autora decía que siendo “hacer algo”, caminar es lo más parecido a no hacer nada. Caminar sin compañía, eso sí. Decía que caminar genera un cierto ritmo del pensar. Y es verdad. Caminar entra dentro de mi idea del no hacer nada. Lo mismo que mirar: uno de los mayores espectáculos de la vida. Quedarse quieto, observando a la gente mientras te tomas una cerveza. Tomar una cerveza e incluso leer un poco también entra dentro del no hacer nada (siempre que no se lea nada posterior a 1970). En fin, que basta con decidir no hacer nada para que empiecen a aparecer las cosas ante tus ojos. Solo quería decir eso.