El sitio de mi recreo

Ética contra manipulación

Por Víctor Goñi - Miércoles, 15 de Marzo de 2017 - Actualizado a las 06:07h

como testigo directo de los impactantes incidentes acaecidos el sábado en las pamplonesas calles de Mercaderes y Chapitela, confieso mi estupor por el grado de cólera de los protagonistas y de planificación de esos altercados. Más allá del repudio que merece toda expresión de violencia -precedida en este caso de una manifestación no comunicada y por tanto ilegal-, se trató de un anacronismo alarmante que además por supuesto de no tener justificación tampoco puede sustentarse en argumento alguno, incluso absurdo. Pues la represión que se denuncia destrozando el mobiliario urbano se hace acreedora precisamente de la respuesta policial preceptuada en la ley y la amnistía de presos que se reclama resulta una quimera por inaplicable de raíz a los delitos de sangre, al margen de la sigla que gobierne desde Moncloa. Así que los intolerables disturbios del sábado obedecen a una burda utilización de unos jóvenes errados y tan insensatos en su bisoñez como que se enfrentan en primera persona y estérilmente a severas penas de cárcel y a arrastrar para los restos antecedentes penales ligados nada menos que al terrorismo según la expansiva jurisprudencia actual, mientras exponen a sus progenitores a una cuantiosa responsabilidad civil por los daños causados. Esa manipulación de inmaduras voluntades en beneficio supuesto de una disidencia delirante e incívica -cuyos teorizantes permanecen en el anonimato- es justo lo que debe rebatirse con énfasis desde la política y por eso cabe congratularse por el unánime y unitario rechazo del Consistorio pamplonés, en una apuesta inequívoca por la convivencia. Sin embargo, un motivo de obvia satisfacción mutó luego en objeto de controversia partidista a cuenta del palabro condena, imperativo nominal para unos y anatema para otros. Minusvalorando así el valor del consenso en una materia capital para una sociedad libre y avanzada, donde los fines nunca justifican los medios si éstos se arbitran para imponer las primeros, como ocurrió trágicamente durante décadas. Porque igual que la violencia se refuta sin buscarle pretextos también debe combatirse desde la dialéctica de la ética sin instrumentalizaciones sobreactuadas. Y anteponiendo en lo posible la didáctica con afán preventivo a la reacción punitiva, que por definición llega ya demasiado tarde y además con sanciones impredecibles y no siempre proporcionadas.