Las vueltas ciclistas y la mala política

El rechazo en navarra a las rondas al País Vasco o a España contrasta con la normalidad en el resto de deportes

Un análisis de Tomás de la Ossa - Jueves, 16 de Marzo de 2017 - Actualizado a las 06:10h

El deporte no cree en fronteras políticas, ideológicas o administrativas, y Navarra es una buena muestra de ello. Aquí, lo mismo se juegan ligas, copas o campeonatos de España en muchos deportes, que se celebra un Campeonato Navarro-Aragonés de coches y motos (por un acuerdo entre los circuitos de Los Arcos y de Alcañiz).

También hay -y es la envidia de toda España- un calendario vasconavarro de ciclismo aficionado, o un GRAVNI de pelota tan abierto a todos que la R es de los riojanos y la I de Iparralde.

¿Y qué decir de todas las pruebas de esquí alpino de navarros y oscenses (por el simple detalle de que es en Huesca donde están las estaciones más cercanas)?

¿Y a alguien le extraña o le incomoda que, por mera cuestión de cercanía, el Vianés juegue en la Tercera riojana o que los equipos del Beti Gazte de Lesaka se enrolen en las diversas categorías guipuzcoanas?

¿Y cómo no citar las Ligas Vascas de ajedrez, baloncesto, rugby, voleibol, waterpolo, etcétera?

¿Y, por citar lo más obvio, cómo no va a estar Navarra en los Campeonatos de Euskal Herria, incluso cuando se llaman de Euskadi?

La única excepción -y porque le está impuesta por leyes que aplican el COI y las federaciones mundiales- es que ni como Navarra ni como Euskal Herria puede participar en competiciones internacionales.

En resumen, que el deporte, cada deporte, busca lo que más le conviene para que sus competiciones tengan el mejor nivel posible, por participación y por calidad, y se fija muy poco en cosas menores como la configuración legal del territorio. Y hace muy bien en tomarse esas libertades, porque todo eso funciona bien y tiene una aceptación no solo social sino incluso política.

Pero en este panorama de normalidad, en el que cada deporte compite con y contra quien le da la gana, y en el que cada uno organiza el evento que más le apetece, hay, por desgracia, dos excepciones que solo se pueden calificar como lamentables: la Vuelta a España y la Vuelta al País Vasco.

Entre los promotores de la Vuelta a España estaban los fabricantes de bicis de Eibar, que querían dar promoción nacional a su industria

La primera etapa de la Vuelta al País Vasco terminó en Pamplona, en 1924, cuando no gobernaban precisamente

Por razones que ignoramos, los navarros más radicales de ambos lados se la tienen jurada a esas dos pruebas ciclistas. Anaitasuna puede acoger -lo ha hecho ya dos veces- una Copa del Rey de balonmano, o la selección española de patinaje -con muchos navarros en sus filas- puede disputar un Mundial en Antoniutti, pero al parecer es españolismo puro y duro, impositivo y colonial, que la Vuelta a España venga a Navarra. Y una carrera de ciclistas aficionados de Azcona puede ser puntuable para el Torneo Euskaldun, y otra de Estella para el Torneo Lehendakari, pero si la Vuelta al País Vasco viene a Pamplona nos dice UPN que se les ve el plumero anexionista a Uxue Barkos y a Asiron.

Por supuesto, esa diferencia de trato que se tiene con casi todos los deportes y con ambas pruebas tiene mucho que ver con la ignorancia de la historia de esas dos Vueltas.

En el caso de la Vuelta a España hay que recordar que no fue un invento franquista, porque nació en plena Segunda República (1935), y entre sus principales promotores estaban los fabricantes de bicicletas de Eibar, obviamente interesados en darle promoción nacional a su industria. Además, no solo ha tenido siempre o casi siempre a la CAV y a Navarra en sus recorridos (salvo cuando ETA lo impidió con amenazas y hasta con un artefacto explosivo), sino que durante muchos años la organizó un periódico vizcaíno, El Correo Español/El Pueblo Vasco, motivo por el que desde los 50 hasta 1978 la ronda acabó casi siempre en Bilbao o San Sebastián.

Y en cuanto a la relación de la Vuelta al País Vasco con Navarra se pueden dar muchos detalles. Desde que nació, y hablamos de 1924, cuando no gobernaban precisamente unos separatistas vascos (reinaba Alfonso XIII y se vivía ya la dictadura de Primo de Rivera), la Vuelta al País Vasco quiso -y casi siempre ha conseguido- que cada año hubiera etapas en Álava, Bizkaia, Gipuzkoa y Navarra.

Además, la primera etapa de la primera edición terminó en Pamplona. Además, Navarra siempre ha acogido etapas -y en 1973 y 1975, todavía con Franco vivo, no una sino dos-. Y además, solo dos veces no ha venido, ambas muy recientes y, casualmente, en la era Barcina: 2013 y 2015.

Si los políticos amaran de verdad el deporte, estarían siempre encantados de que ambas Vueltas vinieran a Navarra. La de España, porque es una de las tres grandes del calendario mundial;y la del País Vasco, porque:

- Es una de las mejores carreras de una semana del mundo. De las 14 del World Tour apenas cinco se le pueden comparar en historia y prestigio: Suiza, Romandía, París-Niza, Tirreno-Adriático y Volta a Catalunya.

- Tiene siempre una participación impresionante (una vez se preocupó un periodista de sumar los puntos UCI de los que corrían y estaba por encima del mismísimo Tour).

- Y, siendo egoístas, porque el Gran Premio Miguel Induráin (ex Trofeo Comunidad Foral de Navarra) no se disputa casualmente dos días antes. Está puesto ahí para nutrirse de algunos de los grandes equipos y figuras que después corren la ronda vasca.

Por supuesto, cuestión muy distinta es la económica, ésa en la que se ha refugiado UPN para no admitir que lo que realmente odia de la Vuelta al País Vasco es su apellido.

Bien está que se controle el gasto de cualquier proyecto deportivo, porque si es caro hay que evitarlo, y hay que animar a UPN a que siga haciéndolo. Pero... qué lástima que no tuviera ese celo con el dinero público cuando, por ejemplo, su gobierno hizo ese Reyno Arena de 60 millones que languidece junto a El Sadar, o desembolsó el disparate (gastos aparte) de 1,2 millones (muy por encima del precio de mercado) para que la Vuelta a España de 2012 arrancara en Pamplona.