A impulsos

Casa del Rojo

por Javier Lana - Sábado, 18 de Marzo de 2017 - Actualizado a las 06:08h

Está al final de la calle donde el asfalto se encuentra con el camino de tierra. Es la casa que hizo frente con la cuña canteada de sus piedras enfilando el horizonte donde una vez un ejército carlista ansioso de victorias proclamó la derrota de un asombrado y atemorizado ejército liberal.

Era la Casa del Rojo aunque nunca vivieron dentro de sus muros gentes de pelo rojizo ni siquiera pensó nadie que allí se respirara ideario republicano alguno.

“La Casa del Rojo, pues ni idea” me dirá Fulgencio “aunque algo comentó mi padre que de los tiempos de la guerra napoleónica, los ejércitos franceses en retirada ocuparon las casas, entre ellas la del Rojo y que si cuentan que uno de los oficiales se prendó de una de las hijas y sin miramientos le rompió la virginidad toda y como la mujer no soportando la vergüenza se derrumbó hacía el vacío desnuda y gritando al viento. Y como el rojo que generó la desgracia, así que le dio nombre”.

El oficial del destacamento de la guardia civil de Logroño se recostó cómodamente sobre su asiento. Aquel cuaderno que le entregó Faustino el chatarrero prometía lectura interesante.

Era un cuaderno de hojas grandes y con los bordes recortados. El que utilizó la pluma parecía gente de escuela, gente preparada por lo cuidadoso de su caligrafía si bien, avanzando entre sus hojas, la letra se iba desplomando, recogiendo, hasta hacerse casi tosca.

Día 19 de noviembre de 1947

Estoy aquí, en el cuarto pequeño donde de chicos a veces nos castigaban porque habíamos sido malos. Era un cuarto que sirvió de estancia para el tío Romualdo, el tío abuelo que fue cura, para escaparse también muchas tardes, para leer o rezar y es que fue siempre un hombre tan extraño.

Pero ahora en este momento es todo tan distinto, no espero que venga mi madre a descorrer el cerrojo, porque es que ya no está, se fue hace demasiado tiempo. Es por eso que mi encierro me temo que será el preludio de mi marcha, una escapada no deseada ni querida .

Día 20 de noviembre de 1947

Mi tripa echa en falta siquiera un pedazo de pan que echarle dentro, pero mas que el hambre me asiste la sed, una sed que no me deja casi respirar. Y es que aquí no hay fuente, ni río, ni siquiera una charca donde poder mojar mis labios. Solo será el sueño donde beba hasta saciarme, aunque eso no me sirva para calmar el ansía ni la humedad que me pide el cuerpo.

Día 21 de noviembre de 1947

Le escucho al otro lado de la puerta, sé que está ahí porque le oigo su respiración profunda. Creo que hasta a veces parece que jadea incluso como si asomara el lloro pero no la compasión, por que es mucho el odio que me tiene, ese odio que le hace resoplar antes de que sus pasos se vayan alejando por ese largo pasillo que añoro tanto.

El oficial llora por la tragedia y el olvido que sumió al preso en una agonía eterna

Día 22 de noviembre de 1947

Y es que ya no puedo mas. Me acercó hasta una ventanuca por la que no cabe mi cuerpo y alcanzan mis dedos para recoger las gotas de una lluvia que ahora cae tropezando desde el alcanduz y que llegan hasta mis labios casi muertas. No podré salir nunca de esta celda, ya lo sé y es que ya no tengo fuerzas para golpear la puerta y mi voz rota apenas alcanza la ventana enrejada que da a un patio interior y desde donde nadie oirá mi queja por este injusto cautiverio.

Día 23 de noviembre de 1947

Hoy es mi cumpleaños aunque nadie rozará mis mejillas con un beso. Mis dedos se resisten a escribir y mi cabeza me da vueltas...

Día 24 de noviembre de 1947

Creo que ya no estoy, que ya no soy yo el que esto escribe. Aquel que sintió tanto ya se ha ido. Espero que me encuentren algún día y entierren mis huesos en un pequeño hueco allá en el cementerio

El oficial llora porque no puede hacer otra cosa que sentir la tragedia y el olvido que sumió al preso en una agonía eterna. El chatarrero se había presentado por la mañana con un carro lleno de trastos, le contó que unos gitanos le habían vendido una mercancía que habían adquirido a bajo precio. “Tan bajo que robada“ le contestará el oficial. El chatarrero le mostrará el cuaderno y es por eso que ha sentido tanta pena que no ha podido hacer otra cosa que confesar su pequeña fechoría.

“No pasará nada”, le dirá, “pero esta historia necesitará buscar una respuesta”.

La Casa del Rojo hace años que está desnuda de casi todo. Sus ventanas de roble que una vez brillaron con ese amanecer bonito con la que se viste la mañana, ahora yacen ladeadas y rotas. Su puerta grande tan llena de clavos que una vez se sintió importante como puerta de palacio o de castillo, ahora se derrumba hacía la tierra donde crece la hierba invandiendolo todo.

Braulio, el único heredero vivo ,ya no pudó mantenerse en pie porque nadaba en la locura y estuvo internado en ese sitio donde los locos lo cuentan todo. Aunque Braulio viajó con su secreto.

Esa historia envuelta en la miseria que producen las envidias. Braulio volvió de la guerra y no pudo soportar que su hermano se librara de la furia de las balas y el estruendo de las bombas que le rompieron los tímpanos. No soportó que aquella cojera que le trajo la polio le invalidara para luchar y que eso le hiciera ser más querido, más cuidado por sus padres. No soportó que aquella mujer a la que amaba, se desposara con el pobre cojo de su hermano. No pudo soportar que se quisieran, ni las voces de deseo que lo impregnaban todo. Así que se vistió de loco y acabó adelantando la llegada de la muerte de sus padres corrompiendo su comida con cianuro. No soportó la belleza y el encanto de aquella que quería sin poder hacerla suya. Y la empujó hacía el vacío cuando el vientre abultado presagiaba el nacimiento de un heredero tan poco deseado.

Fue fácil demostrar que la tragedia había invadido de tristeza al desposado y que por eso había decido marchar, emigrar hacia otra tierra donde poder escapar de su miseria.

La Casa del Rojo sigue vacía, vacía del todo, porque no sé cuando llegaron unos coches de Pamplona. También uno grande y negro donde ponía “Tanatorio”

Ha estado mucho tiempo el letrero de “Se Vende” pero es que nadie quiere vivir al lado de la muerte. Mañana vendrán a derribarla. La Casa del Rojo descansará también cuando sus piedras y maderas las lleven en camiones como muertos a la escombrera vieja.