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José Ramón Anda esculpiendo la vida a fuego lento

El artista navarro prepara su próxima exposición, este verano en el Museo Oteiza; un lugar “muy especial” para él por la buena amistad que le unió al creador de Orio

Un reportaje de P. Etxeberria / Fotografía Iban Aguinaga - Lunes, 20 de Marzo de 2017 - Actualizado a las 06:08h

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José Ramón Anda (Bakaiku, 1949) en su imponente taller, siempre activo, en funcionamiento; repleto de obra y maquinaria. El reflejo de toda una vida dedicada a la escultura.

José Ramón Anda (Bakaiku, 1949) en su imponente taller, siempre activo, en funcionamiento; repleto de obra y maquinaria. El reflejo de toda una vida dedicada a la escultura. (Iban Aguinaga)

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“Conocer a Oteiza siendo yo un estudiante fue como conocer en el Renacimiento a Leonardo” - “Casi nunca las expectativas se ven realizadas al cien por cien; es una constante en el trabajo artístico” - “Ahora más que nunca siento que voy en dirección contraria, que estoy desconectado del ritmo de la sociedad” - “Nadie hace nada de la nada, ni los mayores genios, ni los más rompedores. Todo el mundo tiene padres” - “Una exposición es una ofrenda. Pero a veces no tienes respuesta alguna; me pasó en mi última individual en Iruñea” - “En gran parte del arte que se hace ahora no veo ninguna intención de comunicar, es una pena”

Las manos de José Ramón Anda se han curtido en el trabajo lento, aunque imparable; hondamente sentido y mil veces pensado. Son manos que no conocen la prisa. Que se mueven a ritmo del ciclo vital de la naturaleza.

En pleno paraje natural de Bakaiku, el pueblo que le vio nacer hace 67 años, se levanta el taller del escultor navarro, un caserón de techos altos, entre árboles -su materia prima, la que ama y respeta profundamente- y con privilegiadas vistas que son un descanso para la vista mal acostumbrada al gris del asfalto. Allí ultima Anda los preparativos de su próxima exposición, este verano en el Museo Oteiza. Una de las tres grandes citas de la fundación de Alzuza y la única monográfica de un artista navarro allí este 2017. Bajo el comisariado de Javier Balda, la muestra recorrerá el trabajo de José Ramón Anda a través de esculturas de diversas épocas, desde alguna de sus comienzos -la más antigua que se exhibirá es del año 1972- hasta las más recientes, producidas para esta exposición en la que ha invertido tres años de trabajo. Es una cita “muy especial” para Anda, que no se prodiga mucho en exposiciones, “por la buena amistad” que le unió a Jorge Oteiza. “Pero buena, buenísima”, recalca el escultor de Bakaiku. De alguna manera ambos dialogarán en la monográfica que se podrá visitar en Alzuza desde mediados de junio hasta septiembre. “Para mí Jorge Oteiza ha sido importantísimo. Le conocí en Madrid siendo yo estudiante de Bellas Artes, y fue como conocer a Dios, como conocer en el Renacimiento a Leonardo. Y no me siento ni un émulo ni un epígono de Jorge Oteiza, pero en mí ha tenido mucho peso”, reconoce José Ramón Anda. Y añade, recordando el carácter fuerte del de Orio: “Además, yo con Jorge tuve la suerte de que conmigo nunca se cabreó. Siempre tuve una relación estupenda con él”.

Anda cree que “a Navarra le tocó la lotería sin haber jugado. Porque nos va a quedar aquí algo de un valor tan extraordinario -dice refiriéndose al legado de Oteiza- que ojalá se valore en su justa medida. Pero la impresión que tengo es que no ha sido así”, reconoce. “Jorge Oteiza es uno de los escultores más importantes del siglo XX. Y no solo escultor, es el artista total”, destaca, lamentando que no ocupe el lugar que merece. “No solo en Navarra, a nivel internacional tampoco Jorge está donde debería estar. En gran medida porque él en el año 59 dijo que dejaba la escultura... les dio calabazas a las mejores galerías... Y el mundo del arte lo manejan las galerías...”. Pero nota que se avanza: “Ya con Pedro Manterola, que hizo una labor extraordinaria, y ahora con Goyo -Gregorio Díaz Ereño, actual director de la Fundación Museo Oteiza-, Jorge poco a poco está siendo cada vez más reconocido y valorado”, celebra.

A la exposición de este verano van a ir obras de diversas épocas, porque Anda produce poco a poco: “El tipo de obra que hago requiere un proceso lento de trabajo”. Junto a piezas de sus primeros pasos, se mostrarán otras de la última exposición que hizo en el Bellas Artes de Bilbao, hace cinco años, y obras más recientes. “Estoy ahora definiendo con Javier Balda lo que llevamos”, comenta. Al rescatar piezas de sus comienzos, tiene sentimientos encontrados. “Es que el tiempo es muy importante para todo... Hay cosas que cuando pasa el tiempo dices: ¿pero esto cómo hice yo? Y miras para otro lado. Tengo una discusión amistosa con Balda, él se empeña en rescatar este anticuariato del milenio pasado -dice sonriendo-. Y yo ya le entiendo a él, pero tenemos ahí un pequeño tira y afloja. Algunas obras veo que aguantan el paso del tiempo; otras, en su momento las tuve que hacer... No digo que sea mejor ni peor lo que hago ahora, es diferente”. En cualquier caso, asegura: “Raras veces lo que hago responde íntegramente a lo que había pensado. Casi nunca las expectativas que tenía se ven realizadas al cien por cien. Pero bueno, es una constante”. Es la insatisfacción del artista, o el inconformismo. El motor sin el que posiblemente dejaría de crear.

Él no ha dejado de hacerlo, a pesar de estar viviendo “tiempos difíciles”. Añora crear esculturas de grandes dimensiones. “Ahora como no puedo tener colaboradores para esos trabajos, pues me da mucha pena”, dice mirando el excepcional tronco de árbol que ha logrado desplazar hasta su taller, pero al que no va a poder dar una segunda vida en forma de escultura. “No puedo por la economía, tengo muchísimas cosas en mente para hacer, pero ahora trabajo solo... Más o menos con altibajos, yo he vivido de la escultura; bueno, y de la generosidad que han tenido en mi casa de permitirme hacer lo que quería hacer, y ahora con el apoyo de Karmentxu. Pero desde hace unos años está siendo difícil... Es que hay un desinterés total por el arte, por la cultura. En gran medida es un problema educacional”.

Ahora más que nunca, Anda siente que va “en dirección contraria”. Se impone un ritmo rápido, todo es efímero y pocas veces nos detenemos a pensar en profundidad. “Yo hago cosas costosísimas, que requieren mucho tiempo, darle muchas vueltas. Siempre he funcionado así. Pero ahora es más evidente esa desconexión entre mi manera de hacer y vivir y la del resto”, dice.

Para él, el arte es “un tema de introspección” y a la vez de conexión con el mundo, presente y pasado. “Nadie hace nada de la nada, ni los mayores genios. Cuando se dice: este es un rompedor, un vanguardista... Todo el mundo tiene padres. De cero no se puede hacer nada. A cuántos les gustaría... Pues no”. En su caso, reconoce “influencias de lo más dispares”. “Al margen de la escultura vasca que tenía tanto predicamento cuando estudiaba Bellas Artes en Madrid -dice volviendo a Oteiza, entre otros-, el constructivismo ruso, los racionalismos, el neoplasticismo, la Bauhaus, el arte concreto... Y un cuarteto de escultores italianos que bajo mi punto de vista han creado la mejor escultura figurativa del siglo XX: Medardo Rosso, Arturo Martini, Marino Marini y Giacomo Manzù. Todo lo que veo figurativo después de esto...”. Tal vez eso haya influido en su escasa relación con la figuración. “He hecho muy poco. Ya al final de Bellas Artes empecé a hacer tanteos con la abstracción, que me ha pesado más después”. Pero tiene el reto consigo mismo de crear obra figurativa en breve, tal vez para esta exposición si le da tiempo.

Igual que el Oteiza niño ensoñaba un secreto universo en su agujero de la playa de Orio, Anda también conectaba con su mundo cuando se metía en troncos huecos en su tiempo de juego “de chaval en el monte”. Su relación con los árboles es muy especial. Son para él símbolo de la vida. Del misterio de la vida. Hijo de ebanista, ha vivido siempre rodeado de madera. Generalmente trabaja con árboles de su zona, Bakaiku y alrededores, aunque lamenta que “los montes están bastante abandonados”. Robles y nogales -a veces también castaños- son sus preferidos. Y en cualquier caso, “ejemplares excepcionales, para sacar de ellos piezas de gran tamaño -no siempre esculturas, también mobiliario: mesas, grandes bancos...-”; árboles en muchas ocasiones “caídos de puro viejo”. Trabajarlos es todo un arte. “El propio árbol muchas veces te sugiere por dónde va a ir la escultura”, cuenta con nostalgia. “Como ahora trabajo solo, estoy más con piezas pequeñas que son maquetas, ideas de esculturas que no sé si llegarán a hacerse algún día”. Como unas ideas para “cuando ya no estemos en este mundo”, dice refiriéndose a las estelas funerarias en las que trabaja, y que mostrará en Alzuza. Unas piezas en madera -aunque concebidas para ser en piedra si se llegan a hacer en grandes dimensiones- muy especiales, “con un punto ascético y en las que cobra una gran importancia la luz natural que les da y que se filtra por los cortes del material”, cuenta. Estelas algunas de ellas más sofisticadas, con relieves sinuosos; otras pensadas para dos, para recordar a una pareja y en las que lo masculino se fusiona con lo femenino. Ideas que no solo ha hecho en escultura: “También he creado brazaletes, colgantes... Mi trabajo tiene muchas derivas”, dice Anda, siempre con una próxima idea en mente. Como buen artista, afortunadamente siempre insatisfecho.

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