Recursos humanos

Primavera

Por Maite Pérez Larumbe - Martes, 21 de Marzo de 2017 - Actualizado a las 06:08h

Estos días de atrás he vuelto a un lugar en el que he estado tres veces. Hace ya mucho tiempo de la primera, la segunda es más reciente. La casualidad ha hecho que vaya siempre en primavera. Y la primavera que recuerdo en ese sitio algo recóndito permanece igual a sí misma o por lo menos igual a lo recordado, que no es lo mismo pero nos entendemos. El intenso verde de la hierba, el verde tierno de los brotes y el amarillo de los dientes de león bajo un cielo que cambia por minutos.

Mi definición de la perfección del paisaje la primera vez que fui, y duró, excluía los dientes de león. Durante mi infancia recolectora eran indignos para formar parte de un ramo. Eran meacamas. ¿Cómo los iba a regalar o colocarlos en un lugar visible? Los consideraba una mala hierba tenaz, burda, sin la delicadeza, el perfume, el esplendor voluptuoso o el minimalismo punzante de otras especies. Si me hubieran dejado hacer, los habría arrancado, todos, de raíz. Hace ya algún tiempo ha cambiado mi mirada, utilizo otro nombre para hablar de ellos y los disfruto. Es más, me parece que sin su presencia los ojos perderían puntos de enganche. Vistos de lejos, colorean la imagen, contemplados de cerca, sus pétalos alargados derrochan amarillo, luz, potencia.

Su destello, la fuerza con que florecen, se exponen y resisten el sol, el frío, el viento y la lluvia en nuestras variables primaveras es otro tanto a su favor y cuando mueren se convierten en vuelo, ligereza, vilanos que dispersan las semillas y ofrecen a los deseos la posibilidad de ser formulados con un soplo, en silencio.

Cada cual es libre de formular sus metáforas. Esta es la mía y se la quería contar.

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