El farolito

Otro día

Por F.L. Chivite - Miércoles, 22 de Marzo de 2017 - Actualizado a las 06:07h

Me quedé mirando esa batalla campal entre padres en un partido de fútbol de la liga infantil. Daba pena y risa: era muy cutre. Por suerte, creo que esas cosas no pasan demasiado a menudo. O sí. Ser padre no es fácil, claro. Yo he tenido dos hijas y les ha dado a las dos por la poesía, ¿por qué será? Si hubiera tenido un hijo futbolista tal vez hubiera llegado a soñar con hacerme millonario si triunfaba. El fútbol tiene ese peligro. ¿Se imaginan que los poetas llenaran estadios y la gente pagara su buen dinero domingo tras domingo por escucharles recitar sus mierdas? Una vez, una madre de un chico de unos catorce años me dijo completamente convencida de que a su hijo lo iba a fichar el Milán. Yo me limité a asentir con suavidad de esa manera malvada con que al final he aprendido a asentir ante el extravío ajeno. Esa mujer tenía una fe ciega en lo que decía pero nunca ocurrió: había elaborado un delirio en torno al éxito futbolístico de su hijo, se lo había creído y su vida giraba en torno a él. Otro grababa los partidos de su hijo para verlos luego con él y decirle dónde había fallado. El hijo estaba abducido por la fe del padre: ambos utilizaban un lenguaje profesional. Llegaba a amenazarle si no salía elegido titular. Una mañana fui a un partido de esos. Antes de empezar los niños atendían las instrucciones del entrenador con seriedad. Cuando empezó el partido, el espectáculo no estaba en el terreno de juego, donde los chicos corrían de un lado a otro en pos de los caprichosos botes de la pelota, sino en las gradas, donde los padres y las madres gritaban con todas sus fuerzas. Amenazaban al árbitro e insultaban a los niños del equipo contrario como si les fuera la vida en ello. Y también se insultaban entre ellos como almas estridentes. En fin, los padres de poetas tenemos otros problemas, no crean que no. Quizá hable de eso otro día.