El maniqueísmo capitalista

Por Fabricio de Potestad Menéndez - Domingo, 26 de Marzo de 2017 - Actualizado a las 06:07h

el espíritu dubitativo, aquejado del mal de Hamlet, nunca fue nocivo. La pasión por las ideas sobrevaloradas, las certezas o por los dogmas solo conduce al fanatismo. Y la obcecación imperativa no permite vivir más allá de las verdades que transige la megalomanía de Prometeo, Titán amigo de los mortales que robó el fuego de los dioses con el fin de darles tal seguridad y proteger hasta tal punto su civilización que despreció la duda y la incertidumbre. Este hecho supuso el establecimiento mitológico, que persiste en la política actual, de una ortodoxia que distingue entre lo fiel o lo cismático, entre lo correcto y lo incorrecto, entre lo bueno y lo malo, o entre ubicarse dentro del sistema o estar contra él. Y obviamente esta maniquea división no es inocua en sus consecuencias. De hecho, sin ni siquiera precisar o definir muy bien que es un antisistema, ya se han creado los espacios sociales de exclusión, reclusión o castigo, como los llama Foucault, que prosperan a la sombra de una fe ciega en un sistema que no ha hecho más que generar cada vez más injusticia y desigualdad social. Es evidente que el poder político trata por todos los medios de normalizar, uniformar, agrupar, clasificar, calificar y controlar a la ciudadanía, cuyo fin es mantener el orden social actual frente a aquellos que no lo comparten y que, por ende, suponen un peligro para la conservación del mismo. Sin embargo, los verdaderos antisistema son aquellos que establecen una ortodoxia tan rígida que reducen la realidad a una oposición radical entre lo que consideran gratuita y arbitrariamente bueno y malo. Fanatismo que nos pretende conducir a aceptar acríticamente un sistema social cruel que nos desfigura como seres humanos. La historia del capitalismo no es más que un desfile de falsos absolutos, una sucesión de pretextos neoliberales elevados a dogmas que pretenden justificar las desigualdades e injusticias sociales, que de ellos se derivan, como si se tratasen de simples epifenómenos o efectos colaterales. Forjar dioses a base de dinero, aceptando febrilmente su ficción y, en consecuencia, la total sumisión al injusto sistema neoliberal, no hace otra cosa que poner en evidencia su fracaso y el envilecimiento del espíritu.

El deseo de fundamentar la teoría y la acción de las ideologías en firmes e invariables esencias es lo que ha motivado su equivocidad y hasta cierto punto su decadencia. El escepticismo y la desafección política representan una forma de pensar y actuar que se sustentan en la necesidad de que todo relato político tenga una fundamentación racional absoluta, por lo que parece que tan solo pueden aceptarse aquellas ideologías cuya legitimación sean inequívocas, universales e irrefutables. En la era del pensamiento débil y de la relatividad, sin embargo, las ideologías están lejos de semejante pretensión, por lo que no pueden aportar certidumbres. No obstante, al pensamiento socialdemócrata no le es necesario el carácter místico de un imperativo categórico ideologizado para realizar una forma mejor y más justa de sociedad, puesto que por discutible que pueda ser su praxis y por lejos que esté la utopía que persigue, sus principios y valores y su objetivo le conceden una superioridad moral sobre el neoliberalismo, dado que es, al fin y al cabo, el sistema que ha generado una sociedad de trabajadores cuyos salarios no llegan para satisfacer las necesidades mínimas, de desempleados y de un ingente número de pobres de solemnidad.

El capitalismo es un sistema aferrado a un pasado que ignora que la sociedad ha cambiado, agotado también por su obstinación en reciclarse una y otra vez mientras niega la injusta realidad social que ha causado. Y aterrado por la rebelión social que surge por doquier, intenta agarrarse a falaces dogmas como el de los mercados eficientes o el de la competencia perfecta que nada solucionan y que lo único que han logrado es formar un patético conciliábulo de espectros, refractario a las prescripciones morales, en el que todo se muestra degradado y hasta la verdad resulta impura.

Mientras, unos mueren en un instante, otros no cesan de morir, pero ambos mueren sin duda, porque la muerte, además de no tener ningún atractivo, es demasiado exacta. Cada ser humano se nutre de la agonía de su semejante, haciendo del sistema capitalista un almacén de sollozos. Y si nos vamos a morir, nos guste o no, ¿qué sentido tiene mantener el sistema que causa la injusticia que gobierna el mundo? Si la vida es, como dice Sartre, una pasión inútil que acaba con la muerte, quizá sea más cuerdo empecinarse, como don Quijote, en reparar entuertos, acometer contra molinos de viento o liberar a galeotes, aunque luego acabes de bruces en el suelo, malherido por una infortunada lanzada. Si en vez de galeotes, los llamásemos fundamentalistas de mercado, esto es, los que nos han vendido unas sagradas escrituras neoliberales que nos han situado en el camino de la servidumbre política, quizá sea más fácil escapar del pensamiento secuestrado en el que nos tienen cautivos. Y como dice Jorge Cafrune: “El trabajo es cosa buena, es lo mejor de la vida, pero la vida es perdida trabajando en campo ajeno. Unos trabajan de trueno, y es para otros la llovida”.

El autor es presidente del PSN-PSOE