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Republicanismo

Osasuna no es de todos

Por Santiago Cervera - Domingo, 26 de Marzo de 2017 - Actualizado a las 06:07h

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la Caja era la entidad más solvente de España y una cuadrilla de fantoches hizo que se fuera por el desagüe. La Hacienda Foral siempre había mantenido el prestigio de su solidez, y hoy es una de las más carcomidas por la deuda acumulada. Recuérdense aquellos abrazos de Sanz y Jiménez a cuenta del Plan Navarra, que representaban básicamente la idea de que el presupuesto público deglutiera cemento y ellos, keynesianos de aprisco, contaban al orbe que ahí estaban para salvaguardar a los navarros de la crisis. Actitud, por cierto, aplaudida por la muy liberal representación de la Cámara de Comercio (“algo caerá”) y por el siempre referencial medio de comunicación (“algo notaremos en los anunciantes”). El resultado es parecido a la ruina. En los estertores del barcinismo el Gobierno de Navarra tuvo problemas para pagar la nómina a los funcionarios, tal era la velocidad de aquella huida, y tenían que pedir auxilio a Botín o a la sección de tributos. La UPN que decía que la viabilidad política de Navarra estaba directamente relacionada con su viabilidad económica quedó encogorzada en las sobremesas del restaurante de Alfaro. Y por fin, Osasuna. El equipo modélico, respetable, que aplicaba la economía del caserío -siempre ingresar algo más de lo que se gasta-, que cuidaba su honor y exaltaba su humildad, y que al cabo de estos años ha devenido en una inmensa cutrez. Todos estos tótems caídos -la Caja, la hacienda pública, hasta el club de fútbol- significaron el final de una época, la que protagonizaron aquellos que se decían especialistas en Navarra.

No me gusta el fútbol y nada de lo que le rodea. Me hastía que se le considere algo socialmente tan referencial. Me parece un mundo peor que lo peor de la política, por más que ésta esté tan justamente desprestigiada. Eso de que muchos clubes sean presididos por personajillos locales, no pocos procesados por estafa, alguno identificado como el mayor corruptor del país. Eso de que se maneje en un zoco de figurines, tan propicio para el corretaje, el tenderete de los intermediarios, la compra permanente de expectativas y la ausencia total de controles y transparencia. Eso de que la COPE se dedique a adorar al becerro de oro del balompié, en lugar de cumplir con su cometido fundacional, y pague la millonada que paga por contar que el Madrid ha entrenado en Valdebebas. Eso de que las operadoras de telefonía gasten mucho más dinero en derechos televisuales que en renovar y mejorar sus redes. Y sobre todo, eso de que el poder político se adentre en vestuarios y palcos, y no sólo cumpliendo su papel representativo. El declive de Osasuna como club llegó cuando se les ocurrió mover la idea de que tenían que ser ayudados -tácita y explícitamente, en el ardor identitario y en el peculio- igual que los vecinos del norte ayudaban a Real y Athletic. Publicidad en las camisetas, cambio de nombre del estadio, operaciones urbanísticas aledañas y, sobre todo, aquel “tú tira y luego ya veremos” que supuso adentrar al club en la elusión fiscal tolerada por el recaudador. Episodios posteriores, como la delictuosa ley a medida con la que se les obsequió para evitar su desaparición, hicieron de Osasuna algo tan vulgar como vulgar es el puterío. En otras latitudes -por ejemplo, Cantabria- el gobierno regional llegó a ser accionista del Rácing. Aquí no se trajinaron acciones, pero se hizo algo peor: intercambiar actitudes inmorales, hasta la perversión de una esencia que hacía grande al club a pesar de sus muchas limitaciones. No sé lo que deparará el devenir judicial en el que los personajes de los últimos años están incursos, porque andando de por medio el garzonito local todo es posible. Pero me quedo con esa imagen de un presidente rojillo acarreando el dinero de la taquilla para usarlo en una trapacería. Imposible no recordar las tarjetas black de Bankia, las dietas black de la CAN y, ahora, la taquilla black del Sadar. Hace años un compañero de trabajo me decía, tras renovar la tarjeta, que Osasuna debería ser ayudado por los poderes públicos porque Osasuna era de todos. Yo, que defendía que lo mejor era que se constituyera en sociedad anónima para que alguien se jugara de verdad su dinero, le respondí que no, que yo por más navarro que me sintiera no quería tener nada que ver con Osasuna. Como no era de nadie parecía que era de todos, y por eso al final se la quisieron quedar los especialistas en Navarra.