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Seis héroes de la crisis que compartieron una lucha

Seis supervivientes. Seis historias de desahucios con final feliz. Seis vidas rehechas. Seis pulsos a la banca de personas sin apenas recursos agradecidas a la PAH

Ana Ibarra Oskar Montero - Domingo, 26 de Marzo de 2017 - Actualizado a las 06:07h

Arriba, Sirley, María y Jesús. Abajo, Daniel y Ana posan frente al palacio municipal de Burlada.

Arriba, Sirley, María y Jesús. Abajo, Daniel y Ana posan frente al palacio municipal de Burlada. (OSKAR MONTERO)

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Arriba, Sirley, María y Jesús. Abajo, Daniel y Ana posan frente al palacio municipal de Burlada.

“La PAH fue capaz de hacer pedagogía social. Ahora el trabajo es soterrado pero el drama continúa”

burlada- Son apenas seis ejemplos entre las cientos de personas que han perdido su piso o han sido amenazados con ser desahuciadas en los últimos años ante la imposibilidad de afrontar el pago de su hipoteca. “Seis voces que dan voz a quienes aún están buscando la suya, esos a los que obligan a dejar de vivir, de comer, de sentir, de dormir, porque están en medio de una ejecución hipotecaria, seis rostros que podrían ser los de cualquiera de nosotros”, asegura el pamplonés Txus San Vicente, autor de Desahuciando el miedo, un valiente documental que será emitido en la semana de Cine y Derechos Humanos de IPES en dos pases: el lunes 3 de abril, en la Casa de la Juventud, a las 19.00 horas, y el martes 4 de abril, en Condestable, a las 18.30 horas.


sirley y maría

La inmigración

Humillación y engaño

Como tantos otros inmigrantes Sirley llegó a España en 2001 procedente de Colombia. En 2008, tras varios años trabajando, consigue comprar una VPO en Sarriguren junto a su marido, ambos con trabajo fijo. Pagaron religiosamente una cuota mensual de 800 euros pero en 2011 se vio obligada a cerrar la empresa textil que había montado y su marido fue despedido. Al año siguiente fueron testigos de cómo desahuciaban a un compañero suyo que apenas debía cuota y media. La reacción fue acudir a la PAH del Casco Viejo. A sirley le costó tres semanas empezar a hablar. “Cuesta reconocerse ante la verdad que uno tiene”, afirman. En la asamblea de la PAH le descubren varias cláusulas abusivas, además de un seguro que le obligaron a contratar y que le suponía otros 300 euros mensuales. La letra era de 1.300 y sus ingresos familiares de apenas 1.200. Fue víctima de la pobreza energética durante mucho tiempo y acudía al Banco de Alimentos para comer. Se propuso seguir pagando y pelear sola con el banco pero “no me hicieron caso”. Sólo cuando vuelve acompañada por compañeros de la PAH la situación se desbloquea. Le quitan los seguros y consiguen un Código de Buenas Prácticas (reducir la cuota cinco años pagando intereses y ampliar el plazo de amortización). A Sirley y a su marido, con cuatro hijos a cargo, les queda por pagar 126.000 euros pero al menos asumen una cuota de 60. Tuvo un accidente y está de baja, su marido tampoco trabaja pero viven con otra tranquilidad.

María Cumbicus y su marido, procedentes de Ecuador, se afincaron en Zizur Mayor en 2005 asumiendo una hipoteca de 230.000 euros más dos hijos que alimentar. Él trabajaba en la construcción y ella en la limpieza. Durante los primeros meses llegaron a pagar hasta mil euros de letra. En 2010 ambos pierden el trabajo. “El banco me humillaba. Decían que esperase y dejaban pasar a otra gente delante mía en la oficina, era un desprecio continuo. Con los inmigrantes fueron crueles”.

Conoció a la PAH en un momento en el que el banco trató de quedarse con la casa y dejarle con una deuda de 110.000 euros más 33.000 de gatos notariales. La estrategia de la PAH fue convocar a los medios y movilizarse el día del juicio. Ante la respuesta social, “tremenda”, el banco se echa atrás y concede la dación en pago en 2012. La suya fue una de las primeras daciones conquistadas a pulso. “Las lágrimas me caían sin parar desde la mejilla hasta el papel donde firmaba el acuerdo”, recuerda. Después consiguió un alquiler social en Lezkairu.

Ana

Reestructuración

de deuda

Hipotecas a medias tras una separación

Cuando esta joven camarera decide en 2008 comprar a medias con su pareja una casa en Arróniz porque los precios en Pamplona y Comarca eran “imposibles” no sabía el calvario que le esperaba. El disparate era que en 2013 la hipoteca ascendía a 900 euros de lo que apenas 50 euros iban a amortizar capital. Ese mismo año rompe la relación con su pareja, él se queda en el paro y ya no puede hacer frente a a la letra. Primeramente ella la asume pero tras perder todos sus ahorros comienza a pagar sólo su parte. Acude al banco en busca de una solución y la respuesta fue la amenaza de desahucio porque, textual, “no son una ONG”. Seis meses después del primer impago se inicia el proceso ejecutorio. Su tabla de salvación fue la PAH de San Jorge, el punto de inflexión: el banco al verle arropada por miembros de la plataforma accede a negociar. Finalmente, consigue una reestructuración de la deuda que le permite seguir pagando el piso pero con una letra más cómoda: 500 euros y amortiza 300. Tiene 33 años, es camarera y sigue acudiendo todos los martes a la reuniones de la PAH. “Hay mucha gente que no se atreve a dar el paso por miedo o por vergüenza”, abunda. En este momento su mayor problema es la imposibilidad de desvincularse de su pareja en la hipoteca. “Si me compra una parte de la vivienda, por ejemplo 100.000 euros, el resto de la deuda sigue siendo conjunta”, abunda. Y la deuda actual alcanza los 156.000 euros.

daniel

Condonación de la deuda

De la hipoteca a la habitación

Daniel venía de un pueblo y en 2002 decide comprar una casa vieja de piedra en la zona de Aoiz para reformarla por completo, tarea a la que dedicó más de ocho años de su vida y donde puso toda su ilusión. En 2010 comienza a escasear el trabajo como soldador. En septiembre de 2014 y tras muchos malabares para poder mantener la cuota acude a la PAH de Sanduzelai. Tras revisar la documentación de su vivienda con los miembros de la PAH se topan con una cláusula similar a la ‘suelo’. En el momento de la negociación con el banco surge una pareja que se interesa por la casa y la vende. Finalmente y tras duras negociaciones con la PAH consigue la condonación del resto de la deuda y las plusvalías que supuso la venta de la casa. Lo peor ya pasó. “Gracias a la PAH no tengo deudas. Fueron ellos los que dieron la cara en todo momento. Siempre que puedo me acerco a la asamblea de Sanduzelai”, asevera. En este momento ocupa una habitación de alquiler en la Milagrosa. Ha empezado a trabajar hace poco y confía en mejorar su situación. “Sigo pensando que los que manejan el cotarro en esta sociedad, son los que tienen el dinero, controlan empresas, lo dirigen todo. Da igual que haya elecciones”, señala.

jesús

Código de Buenas Prácticas

De víctima a militante

El pamplonés Jesús Torres consiguió su hipoteca en 2006. Compró un piso que valía 180.000 euros y empezó pagando una mensualidad de 600 euros. Trabajaba en la construcción y levantaban unos ingresos familiares de 1.800 euros. En septiembre de 2013, tras sufrir varios ERES no era capaz de pagar 950 euros de letra. “La sensación de derrota es inmensa. Como padre de familia no ser capaz de sacar a tu familia adelante... se siente mucha vergüenza y sensación de culpa”, señala. Descubrió que en Ansoáin se juntaba la PAH todos los miércoles. Recuerda la crudeza del acoso telefónico por parte del banco, de la necesidad de mandar a sus hijas a comer con otros familiares... La PAH le acompañó al banco para negociar un Código de Buenas Prácticas que a él se lo habían negado una y otra vez. Blindado por el resto de activistas el banco terminó cediendo y en marzo de 2014 logra rebajar a 114 euros la mensualidad. Mantiene una deuda de 180.000 euros. Torres afirma por otro lado que el Código de Buenas Prácticas es muy limitado, ya que tiene una gran cantidad de condicionantes y es “violado” sistemáticamente por los bancos, que jamás lo ofrecen “si vas sólo”.

“A la PAH se entra llorando y se sale riendo ya que la sensación de que no eres único en tu problema alienta, da fuerza”, afirma sincero.

Como decía Benedetti, en la calle codo a codo somos mucho más que dos... Y es esta lucha, la de una vivienda digna, la que le hace a uno creer en el amor y en la solidaridad.

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