Bosques

El fotógrafo Koldo Badillo invita a adentrarse en la naturaleza de nuestro entorno, con la que habita el espacio del Polvorín.

Un reportaje de Paula Etxeberria. Fotografía Mikel Saiz - Lunes, 27 de Marzo de 2017 - Actualizado a las 06:09h

Visitar con el detenimiento que merece, sin prisa, la exposición de Koldo Badillo en el Polvorín de la Ciudadela es respirar el aire puro de los bosques de nuestra tierra. Conectar con la naturaleza, nuestro espacio ancestral. Porque, como dice el fotógrafo, “somos primates, y antes que en las ciudades hemos vivido en los bosques”.

Del caos al laberinto -así se titula la exposición, visitable hasta el 1 de mayo- es una maravillosa oportunidad para volver a dialogar con el espacio natural sin salir de la ciudad. Las fotografías, un total de 46 tomadas en diferentes años y estaciones, envuelven al visitante desde que éste pisa la sala. Son un regalo para la vista. Y eso que Koldo Badillo ha evitado las imágenes idílicas, cómodas, de espacios despejados, que atraen a tantos fotógrafos de paisajes. Al contrario, él se ha sentido fascinado por el caos de la maleza, por el desorden que dibujan las ramas semidesnudas, verdaderas protagonistas de esta muestra. “Es un tema del que siempre se ha huido. Los fotógrafos, cuando ven mucha maleza, mucho desorden en el interior de un bosque, tiran para otro lado buscando zonas más limpias. Y yo vi que eso tenía mucho encanto”, cuenta el autor, que ha aderezado ese motivo fascinante con “un planteamiento formal que roza el efecto pictórico”. De esa combinación surge Del caos al laberinto. Un “ensayo estético” sobre las estructuras caóticas que se forman de manera natural en nuestros bosques, que su autor titula así -cuenta- “porque el caos es lo que he intentado fotografiar, y el caos de los bosques se convierte en las fotografías en un laberinto visual”, dice explicando que “la vista, cuando trata de leer estas fotografías, encuentra un punto de arranque pero, siguiendo las líneas, éstas mismas le echan fuera del encuadre, para volver a entrar y tirarse instantes deambulando, en el intento de leer una imagen que realmente tiene difícil lectura”. Son imágenes que desde el caos transmiten serenidad, calma, paz. O inquietud, misterio, miedo incluso. “Me han dicho de todo... Las sensaciones y evocaciones que pueda sentir una persona viendo una imagen van con su personalidad, o su estado de ánimo en el momento...”, dice recordando las impresiones que ha recogido de los visitantes de la exposición en su largo periplo antes de llegar a Iruñea. Porque la muestra que ahora puede visitarse en el Polvorín -aunque con obras nuevas que se exhiben por primera vez aquí- lleva tres años recorriendo el Estado.

Junto a los conceptos de caos y laberinto, otra clave del proyecto es “lo que mi maestro, Carlos Cánovas -cuenta Badillo- llama el trasfondo, y que en este caso es lo que ayuda a conseguir el efecto pictórico en las fotografías. Es lo que está detrás de la imagen, que siempre sale con un cierto desenfoque y con ciertas texturas y unas tonalidades de color especiales, que yo he ido buscando en los bosques”, explica Koldo Badillo, nacido en Orduña (Bizkaia) en 1958 pero afincado en Lizasoain (Navarra) desde 1999. Y es un efecto pictórico conseguido exclusivamente con técnicas fotográficas, con la propia cámara, sin tratamiento alguno en ordenador. “De hecho, no tengo ni photoshop en casa, ha sido un trabajo de experimentación con la cámara. El truco está en intentar jugar con la distancia a la que tú te enfrentas, porque todas las fotografías están hechas desde muy lejos, con un teleobjetivo de 200 milímetros, y luego jugar con el punto de enfoque y con la profundidad de campo que te da el diafragma. No siempre se consigue ese efecto, en algunas imágenes funciona y en otras no. Se trata de experimentar...”, cuenta el fotógrafo mientras muestra una imagen que pasaría por una acuarela.

al lado de casa Los colores más bonitos los encuentra Badillo en el otoño y la primavera, aunque también hay en la muestra evocadores paisajes invernales. “He hecho este ensayo estético en mi propia casa, no porque tenga un especial amor a Euskal Herria, que sí lo tengo, sino porque para mí era suficiente con las especies de árboles que tenemos aquí, sobre todo el roble, que para mí tiene un simbolismo muy especial. ¿Para qué me voy a ir a la conchinchina?, me dije, si lo tengo aquí al lado”, comenta el autor, que desvela además que no ha tenido que recorrer grandísimas distancias de los bosques visitados y revisitados. “Si la gente investiga en detalle esta exposición, descubrirá que hay árboles repetidos en diferentes fotografías, solo que inmortalizados en distintas épocas o estaciones del año”, cuenta sobre sus imágenes, tomadas en parajes de Aralar, Irurtzun, Etxarren, Belate, Gorbea, Bidasoa, Urbasa, Urdiain, Sorogain, Erroz, el Robledal de Orgi, Eguillor, Elizondo o Leitzaran, entre otros lugares de Navarra, y fuera de aquí en las Landas (Francia), Vitoria, Lasarte (Guipúzcoa) o Río Dulce (Guadalajara).

A Koldo Badillo, la naturaleza le aporta “felicidad”. “Cuando más feliz soy es estando solo en un bosque, en un río o en un lago. El placer que siento entre la naturaleza, yo creo que lo llevaré en los genes. Como biólogo, sé que nosotros hemos vivido antes que en las ciudades en el interior de los bosques. Somos primates, nuestro espacio ancestral es el bosque” dice. Y espera que estas imágenes produzcan “una admiración y un cariño por la naturaleza” y que eso contribuya “al respeto por el medio ambiente”. Porque el fotógrafo lamenta que “el deterioro de los bosques va en aumento”. “Hace poco me llevé una desilusión revisitando bosques de la Sakana. En seis años se han hecho perrerías con los robledales: caminos para visitas llenos de carteles, han sacado árboles centenarios para hacer no sé qué barco... verdaderas atrocidades. Espero que nos sigamos concienciando en la conservación”, desea.