Música y danza

Volvieron las golondrinas

Por Teobaldos - Jueves, 30 de Marzo de 2017 - Actualizado a las 06:10h

‘Bécquer y chopin. las palabras ardientes’

Intérpretes: Francesca Croccolino, piano;Paco Ocaña, recitador;Agurtzane Pérez, danza. Dirección: Ekhi Ocaña. Programa: Preludios op. 28 (9,15,11,7,20,18);Fantasía op. 66, Impromptus op 25, Nocturnos op. 27, nº 2, Op. Póstumo, de Chopin;Introducción Sinfónica, Celebración de la poesía, Rimas, de Bécquer. Programación: Casa de cultura de Villava. Fecha: 24-3-17. Público: casi lleno (3 euros).

A modo de bienvenida a la primavera, el espectáculo que nos ocupa unía música y palabra en un ambiente recogido, intimista, de alto ateneo, sin que se distinguiera qué contenía a qué;y es que la música tenía la palabra, y viceversa. Chopin y Bécquer. El piano de F. Croccolino, y la voz grave del recitador Paco Ocaña, cóncava y convincente. Sobre este binomio báscula la velada y en el contraste entre ambos timbres, y sus encuentros, uno se sumerge y revive lo mejor de su sensibilidad. El protagonismo del piano es evidente, tanto cuando va a solo, como en el diálogo con el recitador, con el que acierta a meterse en su tempo y cadencia, y al que, además de proporcionarle la música, le da el aire que se respira. Aun en los silencios del poema, la música de piano y verso, siempre permanece. Y está muy bien conseguida la compenetración de ambos intérpretes al abrir y cerrar los reguladores de la música y la palabra -con la misma intensidad-, cuando hay sonido de fondo mientras se recita -ese maravilloso andantino nº 7 de la opus 28, a modo de leitmotiv-. Matiz pianísimo en una, susurro en el otro.

F. Croccolino hace una verdadera exhibición al interpretar hora y pico a Chopin e incardinarlo en el espectáculo con la soltura que da el dominio técnico y de estilo del compositor. Con la sensación de facilidad, de que Chopin se entrevera con Bécquer como quien lee un libro. Hay fragmentos de mayor arrebato -siempre con ese dramatismo que el romanticismo exalta y atenúa a la vez con extrema belleza-, y otros episodios en los que el teclado parece estar tocado con plumas (alas), como el Preludio nº 15. Pero fue, sobre todo, la atmósfera que supo crear, a partir de unas muy bien elegidas partituras, para la narración total de la propuesta: poesía -siempre-, amor, desamor, soledad y muerte.

Paco Ocaña, a mi juicio, hace una recitación perfecta, sobre todo, por lo contenida, por la transparencia textual a través de esa voz grave y con autoridad que nunca enterró al texto en aras de sobresalir o de afectación personal. Y su tempo de recitado también fue el apropiado, lento, para asimilar bien la metáfora, y con silencios.

Es verdad que tal intensidad sonora de música y palabra, a veces, invita a cerrar los ojos, pero, en este caso, no había que hacerlo, porque el elemento dancístico -entre musa y ave- también estaba presente. La bailarina A. Pérez subraya, de vez en cuando, algunos textos. De ella destaco los excelentes giros, y el baile de brazos y manos. Se movió siempre dentro de las coordenadas de cierta penumbra de lo que se estaba viviendo, con buen eje, y detalles de movimiento de pañuelo;aunque, en Chopin, a mi juicio, hay que meter algún momento de puntas, por ejemplo en las salidas a escena que hacía de puntillas.

Los detalles de ecos, la iluminación, y la dirección de Ekhi Ocaña, culminaron una velada valerosamente a contra corriente que consiguió ensimismar al público que se deja empapar por tanta belleza.