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Historia de un despropósito

Los gobiernos de UPN, sin un plan de viabilidad previo, idearon y construyeron una instalación innecesaria y deficitaria, con un coste de más de 60 millones de euros

Un análisis de Tomás de la Ossa / Fotografía Patxi Cascante - Jueves, 30 de Marzo de 2017 - Actualizado a las 06:08h

Vista general de la cancha principal y frontón del pabellón Navarra Arena.

Vista general de la cancha principal y frontón del pabellón Navarra Arena. (Patxi Cascante)

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Vista general de la cancha principal y frontón del pabellón Navarra Arena.

Eran los años en los que el Portland San Antonio de balonmano era uno de los mejores equipos de Europa -es decir, del mundo-, y aseguraban sus dirigentes -con tanto optimismo como falta de visión a largo plazo- que se les quedaba pequeño el pabellón de la UPNA (con un aforo de 3.000 personas, ampliable a 3.500 con gradas supletorias).

Uno de los argumentos que más se oía entonces a favor de la construcción en la comarca de Pamplona de un macropabellón era la existencia de otros en las comunidades vecinas, desde el Príncipe Felipe de Zaragoza (inaugurado en 1990) al Fernando Buesa Arena de Vitoria (de 1991). Por supuesto, se olvidaba (quizás a propósito) que tanto en Zaragoza como en Vitoria jugaban y juegan equipos de baloncesto de la Liga ACB, con una capacidad de convocatoria muy superior a la de los equipos navarros de elite (un ejemplo: en los partidos de la liguilla de la actual Euroliga, el Buesa Arena ha tenido una asistencia media de 11.622 espectadores).

Pero, por un motivo u otro, el buque insignia no llegó ni a barquito velero, y el proyecto se aparcó. Aunque no para siempre.

Arranque sorpresivoEn mayo de 2008, de manera casi sorpresiva, la nueva consejera, Maribel García Malo, y el nuevo director del INDJ, José Javier Esparza, convocaban a la prensa para presentar el proyecto redivivo. Ya tenía nombre: Reyno de Navarra Arena;ya tenía precio: 60 millones de euros;ya tenía ubicación: en el Sadarcillo y parte de las piscinas de Osasuna;y ya tenía sectores definidos: pista central con gradas para 10.000 personas, frontón con gradas para 2.500, escenario elevable para conciertos, párking subterráneo, etcétera.

Sin embargo, ni tenía un plan de viabilidad, ni un estudio de mercado ni nada similar, lo cual ya ponía la mosca detrás de la oreja tanto a los partidos de la oposición -en la que no estaba el PSN, satisfecho con el proyecto- como al mundillo del deporte, temeroso de perder financiación pública de sus proyectos.

debate parlamentarioEse malestar, esa sensación de que se estaba derrochando el dinero en una instalación excesiva -cuando la crisis económica ya empezaba a notarse- fue creciendo a lo largo de los meses siguientes, hasta el punto de provocar una comparecencia de Isabel García Malo en el Parlamento de Navarra el 30 de septiembre de 2009.

Recordar ahora lo que García Malo se atrevió a decir aquel día causa sonrojo: “El Reyno de Navarra estará terminado a inicios de 2011 y será rentable el quinto año de funcionamiento, o incluso el cuarto” si la afluencia media y el número de eventos deportivos y culturales se situaban en cifras más optimistas.

Semejante pronóstico se apoyaba en un estudio de viabilidad que nadie de la oposición se creyó, y con razón, porque seis años después la Cámara de Comptos publicaba un informe demoledor, en el que se explicaba: “Si bien el Instituto Navarro de Deporte realizó investigaciones previas de necesidades, no hubo análisis o estudios de las necesidades a cubrir con esta infraestructura”.

Y si el plan de viabilidad no era válido en los tiempos de vacas gordas en los que se había hecho, en los de vacas flacas estaba, y así lo recalcaba Comptos, “desfasado y superado”.

Pero el gobierno de UPN hizo oídos sordos a todas las llamadas a la sensatez por parte de la oposición, y tiró hacia delante, en el momento en el que tocaba iniciar las obras y, por tanto, hacer el gasto principal.

los especialistas, en contraUn año después, en mayo de 2010, cuando ya se habían construido los cimientos, este periódico charlaba con especialistas en gestión de polideportivos, y su dictamen era demoledor: “El Reyno de Navarra nunca será rentable, ni a través del deporte ni a través de la cultura. Es un disparate absoluto. Semejante polideportivo va a tener unos gastos impresionantes de mantenimiento para que vaya allí a jugar ¿quién? ¿Para qué quieren ir equipos con pocos espectadores, con la sensación de vacío que van a tener ahí? Están mejor en sus pabellones actuales y ahí deberían seguir salvo que les obliguen a ir al Reyno de Navarra Arena... Debemos de tener mucha pasta en Navarra para gastarnos en ese polideportivo el mismo dinero que se gasta en 25 años de subvenciones a las federaciones navarras. Es un lujo asiático”.

Para entonces, el gobierno ya sabía de sobra que ningún equipo, al margen de Osasuna, atraía en Navarra (y sigue sin hacerlo) a más de 2.000 o 3.500 espectadores, y esa última cifra solo en encuentros extraordinarios.

Sabía también que un frontón con tanto aforo solo tendría sentido utilizarlo -en vez del céntrico Labrit- en una o dos finales al año, con la dificultad de que los patrocinadores principales de la pelota, casi todos afincados en Bizkaia, tuvieran interés en traer esos partidos a Pamplona.

Y sabía, por supuesto, que en el aspecto cultural el panorama no era mucho más halagüeño.

Para colmo, la crisis económica ya estaba haciendo estragos en las finanzas de los clubes, federaciones y deportistas de elite de Navarra, que veían crecer día a día el mamotreto junto a El Sadar, mientras a ellos les recortaban drásticamente las subvenciones.

el buque varadoEn diciembre de 2013, el Reyno de Navarra Arena ya está prácticamente acabado -en su estado actual-. Se han gastado algo más de 54 millones de euros y hay 6 en reserva para las dotaciones finales, que deben realizarse cuando se vaya a inaugurar la obra.

Es entonces cuando el gobierno de Yolanda Barcina comienza a aplazar la inauguración.

El motivo, evidente, es que si tenerlo cerrado es muy caro -unos 400.000 euros anuales de mantenimineto-, abrirlo supone más del doble, y ni hay inquilinos fijos -no hay equipo de elite en Navarra que necesite semejante instalación- ni hay eventos programados.

La situación de tener algo y no saber qué hacer con ello es tan absurda que, a principios de marzo de 2014, el gobierno crea una mesa de trabajo -que luego acabaron siendo cuatro- para definir el plan de explotación y el modelo de gestión. Que es otra manera de hacer el plan de viabilidad que nunca se hizo (bueno, en realidad sí que hubo uno: se realizó en 2009, se colgó en la web del Gobierno y se retiró porque estaba tan alejado de la realidad que abochornaba a cualquier técnico que lo viera).

Esas cuatro mesas de trabajo partieron, por fin, de unas premisas reales. Como éstas:

1. La obviedad de que Navarra tendría 60 o 70 millones de euros más y un problema menos si no hubiera construido el Reyno Arena.

2. Que tener cerrada la instalación es tirar mucho dinero al año.

3. Y que para abrirla sin que el gasto se dispare hay que tener un plan bien diseñado.

Y así surgieron las cuatro mesas de trabajo, específicas para el deporte, la cultura, los impactos económicos en el entorno y la cooperación con empresas privadas con aspectos como el naming o los patrocinios.

Esa labor la ha continuado el actual Gobierno para llegar al anuncio de ayer de que, por fin, se abre el Reyno de Navarra Arena.