Crear una espiritualidad de adulto

Luis Beguiristain - Viernes, 31 de Marzo de 2017 - Actualizado a las 06:08h

Leo a Patxi Zabaleta (día 12 de marzo), comentando su postura en relación a la imagen del ángel de Aralar, e incide en el enfoque del laicismo: si en este caso concreto el Parlamento de Navarra debería considerar tal o cual cosa. Mi enfoque personal es desde un ángulo distinto. Patxi Zabaleta, en el contexto de su visión sobre la vida, ¿actúa para crear un objetivo de futuro nuevo en relación al concepto espiritual en una democracia, o está poniendo capas de estuco al pasado para reforzar su forma y vida en relación a ello? ¿Patxi Zabaleta utiliza su inteligencia para meditar y reflexionar sobre las cosas trascendentales y tener su propia fe y actitud al respecto, o prefiere diluirse en responsabilidades ante su creador, abrazándose a una ideología social establecida y facilona? Así no se necesita discurrir por uno mismo y tomar decisiones personales al respecto. Y es como un juego social más, el estar entretenido en actos o contemplaciones de ritos o costumbres, como es esa visita en la que un sacerdote católico pasea por Navarra la imagen de un supuesto ser o ente espiritual (el arcángel Miguel, que, según una leyenda, se le apareció a un señor y le concedió un favor). ¿Qué es un ser espiritual? Señor Patxi: tú eres un ser espiritual, y tu imagen sería aquello que reflejas de ti en relación a tu fe o espiritualidad. ¿Qué es un ser espiritual santo? En nuestra cultura cristiana el más destacado es Jesús. ¿Qué es la imagen de Jesús? Por una parte, será todo aquello que yo creo que fue real en su vida, y por otra parte, será toda la leyenda y comedia o drama que se ha creado en torno a él. ¿Con qué parte de la imagen de Jesús debemos quedarnos? Todo ese exceso de leyendas de todo tipo, que se queda pululando en la nube de nuestra imaginación, solo sirve para perpetuar el nivel infantil de la espiritualidad colectiva. Mientras los adultos no seamos adultos respecto a nuestra espiritualidad, no debemos extrañarnos de que los jóvenes anden desorientados.