A la contra

Banderas

Por Jorge Nagore - Viernes, 31 de Marzo de 2017 - Actualizado a las 06:07h

Nunca he sabido bien -ni mal- qué clase de emoción siente una persona al ver una bandera que define un territorio y éste un sentimiento o una historia o algo. Es una sensación que no conozco y por tanto tampoco soy capaz de enojarme si mañana el ayuntamiento de Pamplona amanece con las banderas de Chipre, Dos Hermanas y Oceanía. Sé que jurídicamente eso no es así y que habría que cambiarlo -por mí como si está así 10 años, ojo-, pero lo que se dice sufrir, cero. Lo mismo si voy a un ayuntamiento del norte o de donde sea y si sus ediles lo han decidido por mayoría ondea una ikurriña, como si lo decide el pueblo entero en referéndum. No creo que por el hecho de que hace siglos se trazasen rayas geográficas concretas y haya leyes que solo sirven para esas rayas tenga absolutamente todo que depender de esas supuestas verdades inmutables y esas rayas. Vaya vida más aburrida, si no. Si hay zonas, personas, ayuntamientos, que sienten a una bandera como suya pues que la pongan, no creo que esto haga daño a nadie, salvo a los que tal vez le moleste que haya personas que piensen o sientan distinto de ellas y por tanto se les pasa el reglamento por la jeta y que se aguanten. Insisto en que yo les daría fuego a todas esas banderas -no a los sentimientos que albergan las personas, pero sí a los trapos concretos- básicamente porque al vivir en una sociedad económicamente privilegiada esta clase de debates nos restan tiempo, espacio y energía para otros debates más importantes. Pero seguimos cayendo en el asunto, yo también, aunque tengo muy claro que pese a que el tema como tal me sature y está sobredimensionado por el interés de unos y otros, para mí siempre será mejor dejar decidir que restringir, hablemos del debate que hablemos. Y eso que aunque sé que hay millones de personas de buena fe que las sienten a mí las banderas siempre me parecerán el refugio de los canallas.