El truco del Monumento a los Caídos

Por Clemente Bernad - Viernes, 31 de Marzo de 2017 - Actualizado a las 06:08h

pretende José Javier Viñes en su carta del 25 de marzo sacar un conejo más de la chistera a propósito del futuro del llamado Monumento a los Caídos, pero el truco está ya muy visto. Ya no corren los tiempos del tardofranquismo en los que él mismo ostentó el cargo de alcalde de la ciudad;ni los duros años 80 con ruido de sables y la imposición de la amnesia sobre el franquismo como la opción más rentable para quienes ya vestían las nuevas chaquetas de demócratas de toda la vida;ni siquiera corren los años 90 en los que el Arzobispado donó el Monumento al Ayuntamiento de Pamplona imponiendo sus condiciones, mucho antes de que se empezasen a exhumar sistemáticamente los restos de los asesinados por carlistas y falangistas de cunetas y fosas comunes y años antes de que se promulgase la Ley 52/2007 de Memoria Histórica o la Ley Foral 33/2013 de Reconocimiento y reparación moral de las ciudadanas y ciudadanos navarros asesinados y víctimas de la represión a raíz del golpe militar de 1936.

Se han exhumado los restos de los golpistas y de los genocidas de la cripta que se reservó en usufructo a perpetuidad el Arzobispado en el Preacuerdo de donación de 1997 y en la que la Hermandad de Caballeros Voluntarios de la Cruz continúa celebrando sus misas votivas y nostálgicas de un golpe de Estado que añoran. Y sobre todo se ha abierto el escenario adecuado para que las actuaciones que puedan hacerse sobre el Monumento satisfagan de una vez por todas a quienes lo ven como lo que es: un desprecio a la convivencia democrática, una apología del terrorismo requeté-franquista y una humillación permanente a las víctimas de aquella barbarie criminal que los impulsores de la Plataforma por el Museo de la Ciudad de Pamplona ignoran en todas sus propuestas y comunicaciones. Sostiene el Sr. Viñes que el edificio fue cedido para usos culturales, educativos, exposiciones artísticas, etc… y que tal cosa debe constituir una servidumbre que presida cualquier acuerdo que se adopte, como si las condiciones impuestas por el Arzobispado y aceptadas por la Corporación de Javier Chourraut fueran inviolables y no pudieran verse afectadas por cualquier legislación posterior. Porque las estipulaciones del Preacuerdo de donación no solo hablan de los usos previstos del Monumento, sino que en ellas el Arzobispado impone que dichas actividades deberán “estar a tono con la naturaleza y origen de la edificación”, obliga a mantener “el orden y debido respeto a la Cripta”, se reserva la prioridad para utilizar los espacios cedidos en caso de necesidad, obliga a que “se respete y mantenga por el donatario en buen estado de conservación las lápidas e inscripciones funerarias existentes en el interior y exterior” pudiendo taparlas pero sin que se “perjudique el contenido de las mismas”, etc.

Contrariamente a lo expuesto por el Sr. Viñes, tanto el propio edificio como el mismo Preacuerdo de donación vulneran las leyes de Memoria Histórica, por cuanto estas obligan taxativamente a las Administraciones públicas a tomar “las medidas oportunas para la retirada de escudos, insignias, placas y otros objetos o menciones conmemorativas de exaltación, personal o colectiva, de la sublevación militar, de la Guerra Civil y de la represión de la Dictadura”. Llega a decir el Sr. Viñes que el único simbolismo actual del edificio es el religioso y que no tiene “simbología alguna del llamado Movimiento Nacional y no está afectado por la Ley de Memoria Histórica”, lo que es una auténtica aberración en términos objetivos. Ya no se trata únicamente de las numerosas placas que aunque ocultas continúan presentes en el edificio, ni de las pinturas de Ramón Stolz que ensalzan el golpe de Estado de 1936 representando en una de sus composiciones a tres representantes de las tres familias del franquismo (requetés, falangistas y militares sediciosos) levantadas en armas, ni siquiera de las inscripciones que aún permanecen en las tumbas que acogían a Mola y Sanjurjo, sino que el edificio es una gigantesca vulneración de las Leyes de Memoria Histórica en su totalidad, por cuanto que fue concebido y edificado con el único fin de exaltar y glorificar a quienes no dudaron en emplear la violencia para sojuzgar a un régimen democrático legalmente constituido y humillar a quienes previamente asesinaron para conseguir sus fines y perpetuarse en el ejercicio del poder durante decenas de años.

Tal y como manifestó el profesor de Filosofía del Derecho Rafael Escudero en las pasadas jornadas de ZER sobre el Monumento, el edificio incumple en la actualidad la Ley de Memoria Histórica y su cumplimiento por parte de las Administraciones públicas no es objeto de debate.

Finaliza tristemente el Sr. Viñes su carta con el artero eufemismo de proponer el uso del edificio como Museo de la Ciudad de Pamplona “con independencia de la solución y reconocimiento debidos para todos los jóvenes navarros trágicamente desaparecidos en la guerra civil española”, sin distinguir entre víctimas y asesinos y como si se pudiera desaparecer trágicamente por arte de birlibirloque, ignorando maliciosamente a todas las víctimas civiles navarras que no desaparecieron en ninguna guerra civil, sino que fueron impunemente asesinadas en la retaguardia por quienes más tarde erigieron el Monumento, cometiendo crímenes de lesa humanidad, que no prescriben según el derecho internacional vigente. Aunque por la ambigüedad de su frase es incluso probable que se refiera a volver a mostrar las placas con los nombres de los miles de combatientes navarros golpistas muertos -esos sí- en la Guerra Civil, que tapizan las paredes del edificio.

Cualquier actuación sobre el Monumento y su entorno debe satisfacer indefectiblemente las exigencias de la Justicia Transicional antes de acometer cualquier intervención de carácter arquitectónico o urbanístico, y ahí parece que la Plataforma que integra el Sr. Viñes ni está ni se le espera. Más parece que dicha Plataforma defiende un Museo para “su” Ciudad de Pamplona, una ciudad usufructuaria a perpetuidad de un Monumento indigno.

De ZER