Mar de fondo

El ventrílocuo excluyente

Por Xabi Larrañaga - Sábado, 1 de Abril de 2017 - Actualizado a las 06:07h

las banderas, trapos de bajo coste y alto precio, que escribiera Andrés Neuman, ondean en los edificios públicos por una razón emocional y una legal. La primera suele generar la segunda, pero no siempre: miren a Madrid. Y pocas veces ambas satisfacen al vecindario, pues quizás Manolo ansía ver otra tela en el ayuntamiento y Dolores quiere que la comunidad entera tiemble como ella ante la suya. Así que toda causa política, histórica y estética meneando un estandarte palidece cuando la ley, que en teoría refleja el deseo mayoritario, ampara su uso;y cuando la tolerancia, condición básica para no matarnos, se extiende como debe.

Hay que respetar la norma incómoda como ciudadanos y el gusto ajeno como personas. Aquí no se le exige a nadie que le entusiasme el tiramisú. Basta permitir al prójimo disfrutarlo en un mesón y, si se establece libremente, también en palacio. Desgañítese usted contra el queso mascarpone, desgrane sus filias chovinistas y alabe la torrija. Pero no recorte el menú ni venda una sectaria incompatibilidad entre paladares.

Esta idea parece blanda e ingenua, pero gracias a ella convivimos. Por eso agota tanto ventrílocuo social, ebrio de heráldica, afanándose en imponer qué bandera no izar, como si el pedigrí fuera la clave de una decisión institucional y obligada fuente de identidad. La ikurriña, y a eso íbamos, no es extranjera en Navarra porque en muchísimas casas y almas se considera propia. Negarlo es negar la realidad y no solo eso: es negar su navarridad a miles de navarros y al Gobierno que los representa. Lo clava el reguetón: dicen que tú eres una amenaza… y eres una entre un millón. Nada más.