Historias Diarias

Travesura

por emma alonso pego - Sábado, 1 de Abril de 2017 - Actualizado a las 06:07h

Santi pasa corriendo tras el balón, sudoroso , acelerado por el ansia del juego y el ímpetu de sus catorce años. Tiene los ojos pequeños, el pelo corto, excepto un penacho erizado sobre la frente lo cual resalta aún más su rostro afilado. Pásalo, pásalo, le grita su amigo Mario escabulléndose tras el seto que los separa del instituto. Es un martes por la tarde, el día en que los profesores se reúnen en claustro. El plan lo ha trazado Mario, más malicioso. Saca el tirachinas y una tira envuelta en un papel fucsia. Al poco, ya han confeccionado un buen montón de pequeños proyectiles con sus manos nerviosas, apresuradas.

La luz clara de esta tarde de primavera resalta el ladrillo rojo del edificio de enfrente, con sus amplias terrazas y el seto encerrando el jardín y la piscina privada. Nela, sentada en el extremo de la mesa, asimila las líneas, el color del ladrillo, el tono concreto de esa luz tardía. Dentro de veinte días abandonará el centro. Otro centro más. Cada curso se incorpora a una comunidad nueva con su propio pálpito, su propia jerarquía. Y cada curso también se ve obligada a desprenderse. Sabe que al terminar el contrato, una buena cantidad de personas volverán a caer en la bolsa de las experiencias pasadas, ahí comenzará verdaderamente la digestión, la asimilación de algunas cosas, el olvido aparente de casi todas. Sólo aparente. En este, como en todos los claustros, los alumnos van siendo nombrados por orden alfabético. Detrás de cada nombre, se añaden los comentarios, a veces acertados, otros teñidos de una torpe prepotencia. Le llega el turno a Santiago A. G., cuando una minúscula esfera rosada se pega con un golpe seco en el ventanal.

Mario rompe a reír abriendo mucho la mandíbula. Tiene algunos dientes cariados y un sarpullido juvenil eclipsado por la intensidad de sus ojos oscuros. Ya verás, tío. Van a flipar. ¿Te los imaginas?, dice Santi retorciéndose de risa. Claro que se los imaginan, los ven con la imaginación encendida de la adolescencia, entre comentarios que desatan en ellos una hilaridad descontrolada. Mario está viendo el gesto escandalizado de la profesora de inglés, con sus grandes ojos verdes, su melena planchada y su anodina bata blanca. No soporta su sequedad, su gesto de niña como dios manda, tan diferente de Nando , el de Valores con su barba recortada como un antiguo filósofo clásico y sus proyectos solidarios. Este asomo de pensamiento positivo hacia un profesor lo alarma. Cercena la imagen y acerca mentalmente el rostro enjuto del vejestorio de sociales. Todo eso sin parar de reír mientras lanza el primer proyectil contra ese edificio que para él es sinónimo de falta de libertad.

Nela escucha, alarmada, cuando la tutora de Santiago A.G. comunica la intención que tiene la madre de medicarle. Quizás el fármaco reduzca su inquietud, esa constante necesidad de movimiento que lo aleja de la mesa de estudio al mismo tiempo que de la perspectiva de una carrera de provecho. Pero él se rebela a seguir la línea previamente trazada. Y ella decide que una posibilidad sería medicarlo. No puede hacer eso, afirma Nela con resolución. El comentario pasa desapercibido. Nadie parece escucharla. La mesa es larga, piensa intentando encontrar una razón a su invisibilidad, la mayoría de profesores seguirán en este instituto, algunos de ellos se jubilarán incluso aquí. Pero, aunque ella deba abandonarlo próximamente, se siente implicada. Santiago es aún alumno suyo y, por lo tanto, en cierta manera se siente responsable de lo que le pasa. Miguel, el orientador, es de los suyos. Habla con el corazón, con palabras desnudas y simples que son capaces de referirse a lo que de verdad importa. A Miguel le parece que la que tiene un problema es la madre y no Santiago. La tutora cabecea contrariada cuando le oye decir: Lo que le pasa a Santi es que está asfixiado. Dile a esa madre que se olvide este año de la vida académica de su hijo, que no le ponga continuamente el modelo de la hermana, que lo deje respirar y que no le dé ninguna medicación. Pero cómo una madre puede despreocuparse del itinerario académico de un hijo, no es acaso este punto, el más importante. No y no y no, recalca Miguel con su tono templado. El chico empezará a navegar cuando suelten amarras.

Es entonces cuando el repiqueteo en los cristales hace que todas las cabezas se giren. Tras el cristal, vestido ahora de lunares rosados, un penacho de pelo castaño asoma de tanto en tanto hasta desaparecer al fondo de la calle.

¡Qué sinvergüenzas!- exclama la de inglés -. ¿Quiénes habrán sido?

Habrá que avisar a los conserjes- sugiere alguien entre el revuelo de gestos y voces airados.

- Habrá que- dice Nela para sí. Ahora no se esfuerza en elevar el tono de voz. Luego se acerca al ventanal y comienza a reírse en voz baja, muy baja. Los ojos le brillan y está anocheciendo.