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Republicanismo

Banderías

Por Santiago Cervera - Domingo, 2 de Abril de 2017 - Actualizado a las 06:08h

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Hace años (bastantes) me tocó ir a Santesteban a dar un mitin. Casualidades de la campaña, coincidí allí con Iñaki Cabasés que estaba para lo mismo, él como candidato de EA. Su acto era en una plaza, sobre un talabarte frente al que se agrupaban un par de docenas de vecinos. Nos saludamos y me quedé cerca, habida cuenta de que lo mío era un rato después en una sala cedida por el ayuntamiento. Por encima del escenario en el que estaba el colega Herri Batasuna había colgado su enseña de partido, que como se recordará consistía en una ikurriña transformada: las cruces eran blancas y cada uno de los ocho espacios que delimitaban era de un color diferente, en unos tonos vitamínicos que hoy estarían de plena actualidad. Iñaki se dirigía a su audiencia y en cierta parte de su discurso tuvo que presentar las diferencias entre ellos y los batasunos, porque entonces el mercado electoral nacionalista estaba reñido. Y lo que salió de su boca fue “¡nosotros no cambiamos los colores de la ikurriña!”. Ciertamente era una manera de reafirmarse en la tradición de la que provenía -del PNV que creó la bandera a EA-, pero también de otorgar al símbolo el respeto que a él le merecía. Para EA la ikurriña era toda una bandera, pero para HB había devenido en un logo. Como blasón tenían adoptado el Arrano Beltza sobre fondo amarillo.

La anécdota ocurrió hace décadas, tantas que pareciera imposible que mucho tiempo después la principal cuita que ha conmovido a Navarra sea también una cuestión de banderas. Imaginen a un turista coreano que estos días estuviera por Pamplona y, sin entender una palabra del idioma, mirara la televisión o pasara las páginas de un periódico. Vería que hay una comunidad que al cabo de siglos de historia y décadas de democracia está todavía discutiendo cómo debe ser simbolizada. Así seguimos, haciendo de este tema el perfecto ideograma de un fracaso. Un asunto que, reconózcase, parece irresoluble en términos políticos porque los argumentos de una parte y de otra son líquidos inmiscibles. Queda por ver si la derogación de la ley de símbolos permitirá por sí la presencia institucional de la ikurriña, pero en honor a la verdad habría que reconocer que no la impone, como claman algunos titulares. Sería lo mismo que aceptar que antes de la promulgación de la ley ahora derogada -que nació en 2003, justo al final del segundo mandato de Sanz, apenas un mes antes de las siguientes elecciones- se imponía la ikurriña, cuando lo que se hizo fue establecer un régimen de sanciones para aquellos ayuntamientos que la izaran. Como tampoco es cierto que quienes propugnan la ikurriña no se sientan representados también por la bandera de Navarra. Por eso es un juego simplificador contraponer una con otra, diciendo que la roja es la que une y la tricolor la que separa. También hemos visto que los defensores de la bandera de Navarra no han dudado en hacer de ella un banner, colgado en la balconada o abriendo portada mentirosa, como si tanto respeto debido se pudiera supeditar a su impacto como visceral reclamo político. En la otra parte, tampoco se entiende que los defensores de la ikurriña no valoren históricamente lo que supuso que esta pasara de ser una bandera de partido (el PNV) a bandera institucional, la de la CAV. Justo por esa razón debieran aceptar que como tal enseña hoy lo es de una entidad política y administrativa distinta a Navarra, y que el precio que hay que pagar por tal enaltecimiento es dejar de apelar a ella como representativa de un sentimiento.

Lo triste en todo esto no es el vaivén legal de cada temporada política, ni siquiera las consecuencias que pueda tener la actual decisión en los balcones de las casas consistoriales. Lo insufrible es lo poco que avanzan las argumentaciones, tanta tautología, la reiterada ráfaga de intercambios entre quienes denuncian una inexistente imposición frente a quienes se aferran al simplificador valor de la libertad, y que la línea del debate deambule entre tesis viejas y conscientemente falaces. En términos políticos, lo único novedoso es la actitud responsable de una presidenta que ya ha dicho que no existe sustento social para que la ikurriña se vea en la sede del Gobierno de Navarra, desmintiendo a sus agoreros.

N.B. Ana, sabes del aprecio que te tengo y que deseo que consigas lo que yo no pude lograr. Sigo convencido de que lo peor que os puede pasar es que se os vea como una hijuela del partido garrulo y el papel que le cobija.