Miguel Hernández culpable, todavía

Lunes, 3 de Abril de 2017 - Actualizado a las 06:08h

Miguel Hernández.

Miguel Hernández. (Foto: Archivo)

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Miguel Hernández.

El 28 de marzo se cumplieron 75 años del fallecimiento de Miguel Hernández. Se encontraba en la prisión de Alicante, enfermo de una afección pulmonar que se complicó con una tuberculosis y murió a los 31 años. Había sido condenado a muerte, pena que se conmutó por treinta años de reclusión mayor quizás por la negativa repercusión internacional que se podía originar tras el asesinato de Federico García-Lorca.

A Miguel Hernández le condenaron por “adhesión a la rebelión”, era culpable de pensar libremente y de disparar poesías, gravísimos delitos para los tiempos que corrían y no se sabe muy bien si ahora mismo cuando la cultura se considera artículo de lujo castigado con el 21% de IVA. Lo otro, lo de “adhesión a la rebelión” se explica más fácil. Un chusquero da un golpe de Estado, se autodesigna capitoste oficial (la legitimidad es otra cosa) y a quien le lleva la contraria, se le persigue, se fusila o se le “desaparece”. Así de simple.

Conviene recordar que los avales y testimonios de personas relevantes para la propia dictadura franquista que acreditaban su “buena conducta” no se enviaron y no fueron conocidos en el Consejo de Guerra que le condenaría. El caso es que los familiares de Miguel Hernández, una vez llegada esta “democracia” quieren borrar la injusta condena aplicada y las acusaciones que pesaban sobre él y recurre a los tribunales.

Recurre, tras no pocas vicisitudes y de perder tiempo y dinero ante los juzgados que “pasan” del asunto, al Tribunal Supremo por violación del derecho a la tutela judicial efectiva reconocido en (artº 24) la Constitución española, que lo inadmite. En 2012 recurre en amparo ante el Tribunal Constitucional que les cierra la puerta a la revisión y declaración de nulidad de la condena, una condena que, en consecuencia, sigue reconociéndose como válida en el interior del sistema jurídico español.

Afirma el Tribunal Constitucional (“con un lenguaje seco y casi desabrido” le copio a José Antonio Martín Pallín, Magistrado emérito del Tribunal Supremo) que no se admite a trámite el recurso “dada la manifiesta inexistencia de violación de un derecho fundamental tutelable en amparo”. (Chúpate esa). Ambos tribunales (Supremo y Constitucional) vuelven a ejercer de “garantes del pacto de olvido y de silencio que fundamentó la transición y dejó sumidas a las víctimas del franquismo en la más absoluta indefensión”. El derecho a revisión de condenas lo reclamó el sociata Rodríguez Zapatero desde la oposición, pero “se le olvidó” al llegar a la presidencia.

Setenta y cinco años después, “En la cuna del hambre/ mi niño estaba/Con sangre de cebolla/le amamantaba./Pero tu sangre, escarchada de azúcar, cebolla y hambre” se le sigue oyendo a Miguel Hernández en sus Nanas a la cebolla que dedicó a su hijo, al recibir carta de su mujer en la que le dice que no comía más que pan y cebolla. Miserias de la (des)memoria. - Lander Santamaría