Pequeñas emociones

Domingo Sanz - Martes, 4 de Abril de 2017 - Actualizado a las 06:08h

Miércoles 29 de marzo por la tarde. En el autobús que va repleto desde Madrid hacia el aeropuerto de Barajas, una joven sentada se levanta para dejar su sitio a una septuagenaria y, acto seguido, otra hace lo mismo con el acompañante de la primera, que es de su misma quinta. La buena educación parece contagiarse y a mí, que tengo no menos de 10 años menos que la pareja que ha podido sentarse, una señora no más de 10 años más joven que yo, que viaja acompañada por un caballero de pie, también me ofrece su asiento, y eso que siempre me han dicho que aparento menos edad de la que tengo. Agradezco el gesto pero no, aunque ahora me rondan no menos de 10 años más de sensación de vejez. La miro a hurtadillas y al llegar me equivoco y me apeo en la T1. Recuerdo que la T2 está al final de un largo pasillo con cintas mecánicas en ambas direcciones para, por ejemplo, avanzar trabajando cómodamente con el móvil mientras tanto. Dejo atrás la zona de facturación, inmensa como todas y llena de viajeros. En cambio, no hay nadie en este pasillo que comienzo. Qué casualidad, me digo. Mientras me dejo llevar consulto los mensajes. De repente, por la otra cinta aparece una niña de 6 años o menos, bien vestida y alegre pero sola. Tampoco veo a nadie que la espere al final de su cinta, ni ella tampoco hace gestos de buscar a alguien. Van transcurriendo los segundos hasta que, por fin, nos cruzamos. No sé qué hacer, porque mi avión despegará sin mí si me entretengo. No soy nada de ella, y tampoco veo a nadie que lo sea, porque estamos nosotros, ella y yo solos y cada vez más lejos el uno del otro. Entonces recuerdo haber leído que en los rincones olvidados de algunos aeropuertos viven personas invisibles. ¿Será ella una de ellas? No he sabido cómo salvarla ni de qué, y ya ha desaparecido de mi vista. A veces, cuando menos te lo esperas, suceden cosas pequeñas que emocionan. Sobre todo en los viajes.