Recursos humanos

Una semana después

Por Maite Pérez Larumbe - Martes, 4 de Abril de 2017 - Actualizado a las 06:07h

El nanotecnólogo creador de la muñeca sexual dotada de inteligencia artificial es una persona que se comporta con educación y cordialidad. ¿Qué por qué lo digo? Porque la pasada semana se puso en contacto conmigo. Pudimos saludarnos, explicarnos nuestras posiciones y dejar claras nuestras diferencias. Un acto de relación entre seres humanos. Como en los muchos otros que se han producido en estos días, se involucran biografías, opiniones, estados de ánimo, pactos escritos o no. Vida y por lo tanto complejidad. Sergi Santos me pareció un hombre simpático y correcto.

Una primera simplificación, el reflejo de la cosificación de las mujeres que suponen Samantha y sus colegas menos evolucionadas, me sigue resultando tan afrentosa como me lo resultaría un muñeco que representara a los hombres como musculados proveedores armados de taladros para colgar cuadros. Ambas concreciones reducen y falsean, abonan posturas reaccionarias.

La segunda, que la sex doll se publicite como respuesta a la necesidad básica de afecto me produce pesar. El afecto nos hace interaccionar desde la presunción de un sustrato de experiencia común que se puede compartir, ser explicitado y entendido.

También me entristece que tanta inteligencia natural se dedique a proyectos que lejos de mejorar nuestras condiciones de vida alimenten visiones que ubico entre lo desatinado y lo equivocado. Y sin embargo, dice Sergi que mientras Samantha le abre un horizonte prometedor, cuando recibió un premio Marie Curie a la excelencia y los logros de investigadores jóvenes por un desarrollo de antibióticos la cosa quedó ahí, sin mayor recorrido. Repite una historia similar al referirse a otra persona de su equipo.

Todo es complejo, pero lo dicho. No tengo nada personal contra Sergi Santos pero el mundo me parecería mejor sin Samantha. En el mundo que quiero la inteligencia, los afectos y el dinero tendrían otros fines.

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