El sitio de mi recreo

Ni recreo ni de copas, señorías

Por Víctor Goñi - Miércoles, 5 de Abril de 2017 - Actualizado a las 06:08h

vaya por delante la constatación de que todas las siglas aportan parlamentarios solventes y otros pongamos que regulares -las valoraciones personales sobre cada cual no vienen a cuento-, antes de explicitar la impresión apartidista de que la Cámara navarra se devalúa con cada nueva legislatura. Esa desvalorización se intuye en el nivel medio de los electos en cuanto a dialéctica y conocimientos específicos tanto de las materias de las que se responsabilizan como del funcionamiento de las instituciones en general y del Parlamento en particular. De hecho, el Legislativo es pasto del equívoco debido a esa falta de cultura política, pues demasiado a menudo se confunde la discusión fundamentada con la trifulca tabernaria, el intercambio de argumentos de fuste -a poder ser, desde la ironía característica de los oradores de cierto cuajo- con la invectiva en tono exagerado de quien se cree ganador por gritar más que el interlocutor. La tragedia radica en que la tribuna se ha convertido en un vulgar escenario de ventrílocuos de argumentario aprendido y por lo general leído, lo que imposibilita un verdadero debate en el que puedan atenderse las razones del otro, también porque hasta las réplicas vienen de serie con datos convenientemente retorcidos y con frecuencia mendaces. Tan penosa dinámica alcanza su cénit cuando el pretendido parlamentarismo muta en burda teatralización con la muestra circense de camisetas, carteles y banderas, más el abandono de los escaños por quienes cobran como mínimo -y en buena parte de los casos lo máximo de toda su trayectoria laboral- por escuchar y pulsar el botón de las votaciones. El colmo lo constituye que incurran en esas pueriles conductas justo aquellos que en el pasado reciente se proclamaron gentes de orden y acusaban de batasunización a todo el que no se ajustaba en sus estrictos términos al protocolo, toda una delirante paradoja en refrendo de la vigente política espectáculo de grotescas escenificaciones y ocurrencias a golpe de tuit. Los políticos se merecen un respeto, desde luego el mismo que ellos deben al contribuyente les vote o no, pero tienen que hacerse acreedores de él a cada minuto, en especial los cargos públicos. Así que, ilustres señorías, hagan el favor de darse por aludidas y dejen de asimilar la institución a un patio de colegio o, peor, a la barra de un tugurio.