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El día de su graduación

Por Koldo Campos Santesteban - Miércoles, 5 de Abril de 2017 - Actualizado a las 06:08h

el día de su graduación, los gallos cantaron un poco más temprano de lo habitual con las primeras luces del alba, como si ellos también estuvieran impacientes porque aquel día comenzase. Para cuando el despertador, programado para las 07.00 de la mañana de aquel 4 de junio, comenzó a sonar, Mariano ya se encontraba en la ducha. Disponía aproximadamente de dos horas hasta la salida del autobús. Antes de ocuparse de su propio desayuno, bajó a la parte trasera de la casa para echar un poco de pienso a las gallinas, sacar a pasear a su perra Bimba y regar las plantas y la pequeña huerta que hacía 3 años había construido en el lugar que antes ocupaba el antiguo columpio y tobogán donde Tere jugó tantos años. Sin duda, las sandías, tomates y pepinos que por primera vez estaba cultivado, le producían una enorme expectación.

El silbido de la cafetera se escuchaba mientras Mariano subía las escaleras en dirección a la cocina. Pensó entonces en cómo le gustaban todos los sonidos que conformaban la banda sonora de las mañanas. Los gallos, la radio, la cafetera, los niños caminando hacia el colegio enfrente de la casa. Le encantaban las mañanas. Su mujer Angelines le esperaba en la mesa leyendo en su tablet la prensa digital, con zumo de naranja y tostadas ya preparadas. Desayunaron tranquilos, se tomaron su tiempo. Ella le preguntó si estaba nervioso, a lo que Mariano se apresuró a responder que no, intentando mostrar tranquilidad pese a todas las emociones y nervios que comenzaban a bullir en su interior.

Con tiempo para llegar caminando, Mariano y Angelines salieron de casa dirección a la estación de autobuses. Era una mañana calurosa en Oliva de la Frontera, de esas de verano que anuncian un día abrasador en la pequeña localidad. A Tere le habría encantado, pensó. Recordó lo que le gustaba salir a la calle con el pelo mojado después de una ducha fresca en esas mañanas calurosas.

Ya en la estación, se dirigieron a la dársena donde los primeros pasajeros comenzaban a subir al autobús con destino a Mérida. Gracias a un sin fin de carreteras comarcales y secundarias, durante seis años ese bus que cubría los apenas 130 km que separaban el recóndito pueblo extremeño de la ciudad, brindó a Mariano dos valiosas horas de repaso final antes de un examen, o de lecturas de aquellos textos que, aunque estando prejubilado, el trabajo no le había permitido leer. Esa vez no, esa vez era diferente. Aquel día, le dio dos horas de reflexiones, pensamientos y recuerdos mientras su mirada se adentraba en el infinito del paisaje a través de la ventana. Tantas horas dedicadas, tantos viajes, tantas dudas, tanto esfuerzo realizado.

Sujetándolo con la mano izquierda, apretaba el diploma lo justo para que no se le cayera, como con miedo a hacerle la más mínima arruga, mientras posaba para la foto de grupo de su promoción. Al terminar fueron bajando del pequeño escenario del salón de actos del centro asociado de la UNED donde la ceremonia acababa de concluir. Familiares, amigos y amigas, abrazaban y felicitaban a los recién graduados antes de dirigirse al lunch que iba a celebrarse en el vestíbulo principal. Mariano no tardó en llegar a la altura en donde Angelines se había sentado durante el acto. No fueron necesarias muchas palabras, en su lugar un abrazo de más de medio minuto y un beso.

Poco a poco fueron caminando hacia la puerta que daba acceso al vestíbulo. Mariano expresó entonces su deseo de salir unos minutos a la calle, a respirar un poco de aire fresco. Pidió a Angelines que le esperara en el lugar donde acababa de comenzar el lunch y que fuera comiendo algo. Bromeó sobre la rapidez con la que los aperitivos desaparecen en ese tipo de ocasiones.

Afuera, media docena de robles protectores brindaban generosos espacios de sombra en el jardín de la entrada al edificio, que junto a las dos fuentes ahí instaladas, daban una ligera sensación de refugio frente al sol justiciero de la una y media del mediodía. Al cruzar la puerta principal, las voces y risas de un grupo lleno de júbilo llamaron la atención de Mariano. Tres chicas jóvenes recién graduadas se fotografiaban para inmortalizar el día junto algunos familiares y amigos. No pudo evitar entonces clavar su mirada en una de ellas. Media estatura, pelo corto, gafas y con mofletes rosados, tras un profundo suspiro y un repentino nudo en el estómago, pensó que esa podría haber sido Tere.

En una familia de origen muy humilde en donde nunca ningún miembro, de ninguna generación, había podido acceder a estudios superiores, su hija Tere iba a ser la primera en estudiar en la universidad, antes de que el cáncer se la llevara de esta vida. De esta vida tan llena por igual de desbordantes alegrías, e incomprensibles tragedias. Debía haber sido Tere pensó, y no él, un modesto encargado de mantenimiento, del ayuntamiento de Oliva de la Frontera. Sin embargo, contra viento y marea, combatiendo el dolor del recuerdo, las zancadillas de las dudas, el cansancio del trabajo y la dificultad de la distancia, al cabo de seis años, y gracias a la posibilidad que la UNED le había ofrecido, pudo cumplir lo que su hija le pidió antes de irse. Que fuera él por ella el primer miembro de la familia con estudios universitarios.

Buscando el cielo entre esos robles protectores alzó la cabeza, y con ojos lacrimosos esbozo una medio sonrisa, mientras de su boca se deslizaba un te quiero.