Sindicalismo social

Por Joseba Eceolaza - Viernes, 7 de Abril de 2017 - Actualizado a las 06:08h

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La democracia sin mediadores no es posible. Porque todo el mundo, en todos los lugares, para todos los temas no puede tomar partido. Por eso los sindicatos, los movimientos sociales y los partidos políticos son pilares fundamentales, porque juegan ese papel de mediadores. Así que fortalecer sus funciones, darles prestigio, facilitar la participación en los órganos de diálogo y representación social y dotarles de transparencia en la gestión de fondos públicos, una mayor participación ciudadana y una mayor democratización de sus estructuras parece algo razonable.

En la transición los partidos políticos de izquierdas, los sindicatos y las asociaciones de vecinos trataron de consolidar una democracia con libertades, derechos sindicales y con calidad de vida. Y la mayoría de las gentes que participaron en esos ámbitos se dejaron la piel en ese camino. Conviene por eso no despreciar el caudal militante de aquella gente en esos momentos tan inciertos.

En este sentido, las Comisiones Obreras de la época jugaron un papel especial en dos vertientes;en la unidad sindical de una izquierda política fragmentada y cainita y en la consolidación de una hegemonía cultural y moral democrática.

Ahora al sindicalismo le toca afrontar una transición generacional evidente, en un momento incierto para el sindicalismo y en un mercado laboral precario, con la figura del trabajador pobre golpeándonos cada día.

Por eso desde el sindicalismo social se debe tener el empeño de ganar apoyos entre las mayorías sociales, que son plurales en muchos aspectos. Y debemos tener el reto de romper una inercia de enfrentamiento identitario que vicia, en la mayoría de las ocasiones, el debate sindical de esta tierra. Quebrar la cultura de los bloques es una necesidad cada vez más urgente.

En este sentido la colaboración con otros sindicatos y colectivos sociales, desde la autonomía y un proyecto sindical estatal y comprometido con los valores de la izquierda, es necesaria si queremos mejorar las condiciones laborales y sociales de la gente. Y hacerlo con criterio, sin sustituir la retórica radical por las propuestas concretas, es un reto enorme. Nadie entendería que no se pudiera colaborar en una situación tan delicada como esta. Es preciso conectar con otras gentes, otras miradas y otras preocupaciones para seguir siendo útiles. En esto tenemos que aprender de las asociaciones de mayores de los diferentes sindicatos, que ya colaboran sin mayor problema en las diferentes luchas.

El impacto de la crisis ha sido enorme, y no parece que en muchos aspectos vaya a mejorar la cosa. Más bien parece que los efectos sociales y laborales más negativos se enquistarán en nuestro modelo económico.

Repensar el papel del sindicalismo ante el incremento del desempleo y la precariedad es una obligación. Sólo adecuándose a una nueva realidad seguirá siendo una herramienta importante de lucha y conquista social. Cambiar es una tarea fundamental de los próximos años, sobre todo porque una nueva generación se ha incorporado a las tareas de dirección de algunos sindicatos, y porque el panorama industrial ha cambiado mucho.

El sindicalismo, especialmente el que tiene una mirada social, tiene una responsabilidad enorme en evitar una sociedad polarizada y fragmentada en la que hay una minoría con empleo estable y de calidad y una mayoría que sufre la temporalidad. Debe jugar un papel importante en la construcción de las bases de una sociedad diferente. Y eso no se hace encerrándose en nuestras fronteras, ni reivindicando insolidariamente un marco laboral de aquí. La ola no la pararemos poniendo una única mano, por muy nuestra y muy de aquí que sea. O tenemos una conciencia más internacional de los problemas o el capital, cada vez más alejado y más concentrado, ganará todas las batallas.

Todo apunta a que la precariedad es ya algo estructural y que la concentración de la riqueza va a ir en aumento. Por eso, en este momento, el sindicalismo puede jugar el papel de contra poder natural y eficaz. Donde la solidaridad y la ejemplaridad sean bandera preferentes, como lo fueron en los orígenes del sindicalismo.

Este tiene que ser útil para la gente que se incorpora al mercado laboral, y tiene que ser eficaz para las personas golpeadas por los efectos de este modelo económico. Por eso, creo que es importante poner en valor el sindicalismo no sólo cuando es capaz de firmar buenos convenios, sino también cuando es capaz de ampliar su radio de acción. Que un sindicato tenga la audacia de contribuir a la mediación intercultural o a la formación de personas desempleadas es destacable, sin duda.

En mi opinión, el sindicalismo social debe seguir siendo la punta de lanza de las mejores luchas en esta tierra, en la transición se supo pelear y apretar contra una dictadura y una democracia endeble que quería dejar algunos derechos sociales al margen.

Hacer posible un espacio de encuentro, una casa roja que sobre todo mire hacia afuera y dedique poco tiempo hacia dentro, es un reto importante para estar preparados y preparadas ante los envites que nos vienen. Hay experiencias, valores, capacidad y gente, así que buena parte del camino está hecho.

Por eso es una buena noticia el cambio emprendido por CCOO en Navarra que afronta un congreso ilusionante para relanzar su proyecto. No tengo ninguna duda de que este nuevo tiempo que emprende será productivo en esto de renovar, consolidar y fortalecer el sindicalismo con mirada social, al menos lo intentarán que no es poco.