Reflexión de mierda

Inmaculada Gutiérrez García - Viernes, 7 de Abril de 2017 - Actualizado a las 06:08h

Este sábado por la noche descubrí que despertar mis instintos asesinos está al alcance de cualquiera que tenga perro y nada de educación o civismo. Sí, ya os imagináis qué me pasó, ¿verdad? De todas formas os lo voy a contar mejor: Era esa típica noche de perros de primavera, que llueve desordenado y que, por supuesto, te pilla sin paraguas y con una triste chaquetica que habías sacado a las 5 de la tarde por si refrescaba. Llegamos corriendo a casa chupados por la tormenta y muertos de frío por esos 15 grados que había bajado la temperatura en cuestión de dos horas. Metidos en el baño para quitarnos la ropa mojada y secarnos el pelo comencé a percibir el olor. De pronto, el tiempo se detiene y grito energumenada: “¡No os mováis! ¡Huele a mierda! Sí. Efectivamente, una mierda de tamaño XXL estaba adherida a la suela de las zapatillas de mi txiki. Metida por todas las rendijillas que tienen todas las zapatillas infantiles. ¿Qué puedes hacer? Lo primero que se te ocurre es matar al dueñ@ del perro. Pero después decides ponerte a limpiar la zapatilla. Cuando te pones los guantes y empiezas a rascar entre las rendijillas con un bastoncillo, tu mente comienza a volar entre arcada y arcada y se te ocurren las más rocambolescas formas de hacer sufrir a un ser humano. ¿Por qué tengo que terminar mi sábado por la noche pasando un agradable rato con un souvenir que me he traído de la calle? ¿Acaso alguien se lleva a casa mis souvenires? No, claro. Seguro que si yo me pusiera a hacer mis necesidades tan alegremente en la calle y no recogiera la mercancía, tendría problemas. Entonces, ¿por qué no pasa nada con est@s dueñ@s que nos hacen pasar estos momentos tan “entrañables”?