Ikusi makusi

El sueño de la paz

Por Alicia Ezker - Viernes, 7 de Abril de 2017 - Actualizado a las 06:07h

Resulta increíble hasta donde podemos soportar el dolor los seres humanos. El dolor que se clava hasta las entrañas y te arroja a un pozo del que solo se sale cuando alguien se agarra de verdad a la vida, por muy fino que sea el hilo que la sujete. Y dentro del dolor, el provocado con intención es el más difícil de llevar, de entender y de aceptar, que nunca justificar. Es el dolor extremo de la violencia extrema, la que se ha vivido en carne propia, de familiares y amigos o a través de las vivencias de los demás, y de la que por fin parece que vamos saliendo, a paso lento pero firme, porque no puede haber vuelta atrás en este final. Ese dolor nos golpeó de nuevo esta semana con el duro y necesario testimonio de cinco mujeres que padecieron todo tipo de vejaciones y torturas y que por fin pudieron sentir el respaldo social al contarlo en voz propia en el Parlamento en la segunda edición de Hitzorduak, una sesión promovida por el Foro Social Permanente para tratar de “reforzar la convivencia como paso intermedio hacia la consolidación de una paz justa y duradera” . Testimonios que estremecen y duelen y que te llevan a ese lugar en el que ellas estuvieron, al agujero negro del dolor más brutal en el que ya han caído demasiadas vidas. Son muchos años padeciendo distintos tipos de violencia ante la que la sociedad no ha actuado siempre con la misma contundencia. No hay dos violencias iguales, pero sí que el dolor de quienes la padecen desde su individualidad es algo universal. Cada una de las víctimas siempre es única porque única ha sido la dramática experiencia que le ha llevado a ostentar ese triste cargo que tanto pesa a días. Desde las víctimas del franquismo, las víctimas de ETA, las de los ataques islamistas o las víctimas de actos de motivación política provocados por la extrema derecha o funcionarios públicos, recientemente reconocidos por el Gobierno de Navarra, todas lo son y solo cada una de ellas sabe lo que cuesta superar la pérdida, el dolor, la ausencia, la impotencia ante la falta de respuestas. Pero todas se merecen por igual su condición y el arrope social. Hay mucho destrozo humano que recomponer, muchas vidas rotas y todos los pasos son necesarios para tratar de avanzar, para juntarnos y sumar, desde la diversidad, desde la diferencia incluso, hacia la reconstrucción de nuestro presente para poder seguir construyendo una sociedad nueva desde la convivencia, el respeto a los derechos humanos y nunca el olvido, un escenario real de paz y convivencia. Dicen que siempre detrás de un sueño hecho realidad hay otro sueño. Ojalá desde mañana sigamos soñando.