Editorial de diario de noticias

Corresponsabilidad con el desarme de ETA

Eludir la propia responsabilidad política e instalarse tras una supuesta defensa de las víctimas que la paz definitiva no discute y hacer de cada avance una batalla mediática partidista solo dificulta una normalización que la sociedad exige

Viernes, 7 de Abril de 2017 - Actualizado a las 06:07h

la ausencia y el distanciamiento público del PP y de UPN -y la disimulada ausencia del PSN pese a su apoyo a la declaración institucional del Parlamento de Navarra- del manifiesto que el resto de las formaciones políticas y las principales centrales sindicales de Navarra y la CAV han suscrito en torno al desarme anunciado de ETA para mañana sábado no sorprende, pero sí llama a la reflexión sobre la corresponsabilidad de cada uno de los agentes políticos y sociales en este país, también en los estados español y francés, en la consecución progresiva de una convivencia normalizada que pueda ir cerrando las heridas y los sufrimientos de décadas de violencias. Aunque no se pueda, ni se deba, ignorar el daño que la violencia de ETA ha causado a la sociedad, los dramas personales que ha generado y los consiguientes efectos y reacciones que, más de cinco años después del final de su actividad, aún provoca, la representación política lleva inherente la obligación responsable de colaborar en pos del bien común y en este caso ello implica, como expresa el manifiesto, afrontar el reto de superar las secuelas de la confrontación, desarmar la palabra, encauzar democrática y civilizadamente las legítimas diferencias y gestionarlas mediante el diálogo. Instalarse en la negación, para lo que además se utilizan formas no lejanas al desprecio del otro, como siguen haciendo dirigentes de UPN y PP y portavoces de determinados grupos de víctimas de ETA, y justificarlo con una pretendida defensa a ultranza de las víctimas que, sin embargo, la consecución de la paz definitiva -con sus lógicos pasos de cese de actividad, desarme y disolución- no discute ni disminuye, únicamente contribuye a dificultar la normalización. Como sucede también con la batalla del relato en que todavía hoy unos y otros pretenden convertir cada avance hacia la convivencia con la excusa de la deslegitimación de la violencia como método para que no vuelva a producirse, cuando en realidad esa deslegitimación ya se ha hecho más que patente incluso en aquellos que durante décadas la habían comprendido. Tanta resistencia a la normalización -el extremo condicionamiento de los pasos para alcanzarla no es sino resistirse a ella- no hace sino distanciar de la mayoría de la sociedad que la exige a quien la mantiene, especialmente si no se origina por un comprensible principio ético de rebelión frente a toda violencia injustificada e inhumana, sino por un imperdonable espurio motivo de amoral uso partidista y político de sus duras consecuencias.

Más sobre Editorial

ir a Editorial »