La gracia de la libertad

Cristina Castro - Sábado, 8 de Abril de 2017 - Actualizado a las 06:09h

Tras conocer la sentencia dictada sobre Cassandra, una chica de 21 años condenada a un año de cárcel por contar unos chistes en Twitter, se ha abierto en todo el país el debate sobre los límites del humor y la libertad de expresión. Es francamente curioso que esto suceda en una época donde la democracia nos ha proporcionado supuestas libertades. En la Edad Media, el bufón de la Corte era la única persona del reino que podía reirse de la reina, sus invitados o el clero y ser alabado por ello, sin ir a prisión.

Más adelante, en los años 80, surgieron figuras como Bill Hicks o George Carlin, que mezclaban sus monólogos con violencia, blasfemia e incluso misantropía para hacer críticas a la sociedad. Antes la llegada de la democracia ya existía cierta libertad de pensamiento que sobrevivía en forma de comedia. No nos engañemos, el humor nunca fue suave, ni inocente, siempre fue crítico y dirigido a un público concreto. La libertad de expresión es más fácil de definir en su ausencia que en su presencia.

Si la gente tiene miedo a ir a prisión por contar un chiste, es porque la libertad de expresión no está presente.