A la contra

El encapuchado

Por Jorge Nagore - Sábado, 8 de Abril de 2017 - Actualizado a las 06:08h

el sábado pasado, un señor de casi 76 años, pantalón y chaqueta negras, botas marrones, guantes, bufanda gris oscura y una capucha azul, caminó hacia la entrada del Auditorio Waterfront de Estocolmo (Suecia). Tras entrar, se dirigió a una de las habitaciones del complejo, donde le aguardaban 12 personas, que le entregaron una pequeña medalla y un diploma. No hay una sola imagen de ese momento, ni fotográfica ni de vídeo. Dijo una de las personas allí presentes que los ánimos eran alegres, pero poco más ha trascendido ni trascenderá. Las 12 personas que entregaron el Nobel de Literatura al señor con capucha, Bob Dylan, pudieron saber que éste salió de su autobús negro, donde vive cuando está de gira salvo las casi 2 horas que actúa prácticamente cada noche. Un señor de 76 años sale de un autobús, solo, sin nadie que le acompañe, entra en un edificio, le dan un Nobel, mira un rato la medalla, da las gracias, se vuelve a su autobús y horas más tarde hace el mismo trayecto hacia el escenario del auditorio y canta. Ni una imagen, ni un familiar, ni un discurso, ni un aplauso. Nada. El Nobel de Literatura. Hay gente así, no necesitan grandes historias detrás para seguir siendo lo que son, ni fuerzan su personalidad para agradar -o desagradar- a la idea equivocada o exagerada que se tiene de ellos o a los inventados peajes a los que obligan la fama y la genialidad. Si quiere, enviará un discurso o un vídeo o algo a la academia antes del 10 de junio para recibir el premio en metálico. Si no quiere, no lo hará, no recibirá premio en metálico. Pero el Nobel es suyo. Y es pura magia que un planeta en el que cualquiera contamos qué cenamos, qué hemos hecho y dónde estamos de vacaciones haya un tío que recibe uno de los 3 o 4 galardones más maravillosos del mundo y lo hace en total secreto. No necesita publicidad ni nada que en balde trate de blanquear su pasado.