Mesa de Redacción

Un nuevo tiempo que merece la pena

Por Joseba Santamaria - Sábado, 8 de Abril de 2017 - Actualizado a las 06:08h

eTA se declara una organización desarmada. Un paso más imprescindible hacia el paso definitivo del anuncio de su disolución. Lo hace en una comunicado hecho público un día antes del acto previsto hoy en Baiona. Un pequeño texto de cinco párrafos en el que relata su propia postverdad, su verdad paralela a la verdad real. No tiene mucho más recorrido que ese propio autoconsumo, porque una amplia mayoría de la sociedad de este país tiene claro el relato de los hechos protagonizados por la violencia de ETA y por otras violencias en estas últimas décadas. ETA ya no puede imponer su historia oficial interesada a la historia real. A la suya propia de generación inútil de sufrimiento y dolor hasta el fracaso social y político de un proyecto que la sociedad ha rechazado de forma mayoritaria. Y a la de la sociedad que ha vivido las consecuencias humanas, éticas, económicas y sociales de años de uso de la violencia como supuesto instrumento político por encima de la voluntad popular. Difícilmente la postverdad acabará superando a la verdad. Nadie le va a dar las gracias a ETA por dejar de matar, chantajear o perseguir. No creo que trate de eso el acto de Baiona de hoy. Al contrario, debería ser un primer paso para seguir tejiendo confianzas políticas y sociales como las que ya se han logrado en Iparralde -con la única excepción de la ultraderecha de Le Pen-, y que en Navarra o en la CAV aún están lejos de lograrse con partidos como UPN o PP. Esas confianzas deben ser el espacio de impulso para cerrar las cuestiones pendientes que el desarme de ETA deja aún sin resolver: desde la propia disolución de ETA, que llegó tarde a la paz y llega tarde también a su propio final, a la eliminación de las leyes penitenciarias de excepción que se aplica a los presos de ETA y a sus familiares. Y la asunción de responsabilidades en un relato justo para todas las víctimas de todas las violencias. Toda paz definitiva tiene un precio. Pero merece la pena. Decir que la paz no tiene precio sólo es elevar a la categoría de principio político un absurdo. No ha habido paz en la historia que no haya tenido un precio, incluso la paz de la Transición de 1978 tuvo el alto precio de mantener en el olvido la memoria de los 40 años de dictadura y perpetuar varias décadas más el silencio de los cementerios, cunetas y fosas de los asesinados por el genocidio franquista. El precio del olvido de los crímenes del franquismo y del tardofranquismo. El final de ETA cierra un negro periodo de la historia reciente de este país, y abre un nuevo tiempo en el que ya nada será igual. Las nuevas generaciones, nuestros hijos e hijas, ya viven una realidad muy diferente a la que hemos vivido la mayoría de nosotros desde que nacimos. Afortunadamente, su percepción de este país, de esta sociedad, es ya diferente a la nuestra. Sus inquietudes, sus necesidades, sus demandas son también otras. Sólo hay que analizar cómo ha cambiado la sociedad navarra desde que hace más de cinco años ETA anunció su renuncia a la violencia. Por eso mismo tienen el derecho a la esperanza de una presente y un futuro sin la sombra de una violencia de ETA y de otras violencias que recibieron heredadas. El fin de ETA es también un principio de oportunidades para el diálogo, los acuerdos, la memoria, la construcción y para todos los olvidados en el rastro de su historia. Es tiempo de responsabilidades. Y todo eso sólo puede ser positivo.